Whatsapp y sus cambios: un problema de comunicación y reputación

A comienzos de enero, recién arrancado un año marcado por la esperanza, una noticia nos volvía a sobresaltar: Whatsapp compartiría los datos con Facebook. Esa frase, así de genérica, preocupa a cualquiera. Pero como suele ocurrir en esta era tecnológica y digital, el diablo está en detalles. Máxime cuando en realidad se trataba de una doble medida. Por un lado, Facebook podría acceder a tus datos personales de Whatsapp; y, por otro lado, que las empresas usando la opción de whatsapp para negocios, podrían acceder a las claves privadas para conversar con sus clientes. Vayamos por partes.

Lo que Whatsapp en realidad va a compartir con su empresa matriz es el nombre, el número de teléfono, dispositivo móvil, los contactos, los datos personales de uso whatsapp, las ubicaciones o las compras realizadas. Esto iba a ser de aplicación a partir de febrero, salvo si en su momento elegiste la opción de desvincular Facebook de Whatsapp (una opción que se ofreció hace ya más de cinco años) o si vivieras en la Unión Europea (por un acuerdo específico que tuvo que firmar Facebook para que le aprobaran la compra las autoridades europeas). Estos nuevos términos de servicio en los que estos datos estarían totalmente cruzados entre Facebook y Whatsapp nos preocuparon. Este tipo de prácticas es una de los principales motivos por los que Facebook ha sido denunciada recientemente por EE.UU. Pero también es verdad que el lenguaje no ayuda. Esos conceptos genéricos como “datos personales” o “acceso” provocaron que mucha gente lo tradujera a “Facebook va a espiar mis conversaciones”. Es lógico y normal que ante la cantidad de escándalos que acumula esta empresa, la sociedad dude desde el inicio. Sin embargo, podemos estar tranquilos. Whatsapp está cifrado de punta a punta. Solo las personas que están en la conversación pueden acceder. La empresa no puede acceder a los mensajes ni leerlos mientras el mensaje está transmitiéndose de un móvil a otro. Una vez llega el mensaje al receptor, se guarda en el dispositivo. Lo mismo ocurre con los audios, los vídeos, etc. 

Uno puede entender que Facebook quiera poner esto en marcha. Se trataría de mejorar el servicio para ofrecer información personalizada al usuario. Sin embargo, que una empresa privada actúe así, no concilia bien con muchos derechos. La Junta de la Competencia de Turquía y la Corte Superior de Delhi están revisando si los cambios recientes de privacidad en WhatsApp incumplen las respectivas leyes nacionales. 

El segundo cambio está relacionado con las claves privadas que cifran estas conversaciones. En principio, Whatsapp anunció que serían compartidas con algunas plataformas que en el futuro se conecten a Whatsapp para hacer negocio. Se trata de poder dar la opción de hablar con los usuarios siendo una empresa. Se entiende que es una apuesta por comenzar a monetizar la principal herramienta de mensajería instantánea del mundo. Si por ejemplo, vas a estar hablando con una empresa de venta de ropa, y esta ha contratado una herramienta para gestionar esas conversaciones (no puede responder uno a uno), es entendible que esto sea automatizado. Se necesitarían esas claves de cifrado para poder responder de manera generalizada ciertas conversaciones. Un intermediador “leería esas conversaciones” con objeto de conversar. Y se entiende, que así quedaría expresado en los términos de uso. Nada realmente grave. Pero, sin embargo, nuevamente, provoca otra sobrerreacción de la sociedad. Lo cual, nuevamente, nos debe hacer pensar que la comunicación y el lenguaje no están ayudando. 

En este contexto, a mediados de enero, WhatsApp detenía los cambios con carácter inmediato. Anunciaba que el periodo se extendía hasta el 15 de mayo. Los 2.000 millones de usuarios, tendrían hasta entonces para entender realmente los cambios. En realidad están aceptando que no se han entendido bien los cambios. Que, realmente, no son preocupantes, como he venido señalando. Lo que sí es preocupante es que nos asusten estos cambios. WhatsApp busca con ello explicar mejor las cosas para evitar la cantidad de desinformación creada alrededor. 

En cuanto una empresa de esta naturaleza comete estos errores comunicativos o de inclusividad digital de los derechos personales, enseguida salen numerosas noticias sobre mejores alternativas a esa herramienta. El anuncio del cambio de políticas disparó las descargas de Signal, una herramienta que concilia mejor el respeto por los derechos de las personas. Esto se produjo especialmente tras un tweet de Elon Musk. Como suele ocurrir con nombres de empresa tan genéricos, la gente acabó comprando en masa acciones de una empresa con el mismo nombre por error. Quizás otra lección más para el bautizo de empresas en esta era digital. Por otro lado, se crearon decenas de bulos alrededor de Telegram. Especialmente, una que decía que Facebook había comprado Telegram. Por último, también se compartió por WhatsApp una cadena que decía que las fotos que enviemos por la plataforma, así como sus mensajes, podrían hacerse públicas (incluyendo los mensajes eliminados). Esta cadena de mensajes introducía otro elemento clásico de los bulos: si se compartía con diez grupos diferentes diciendo que no se autorizaba a esa supuesta cesión de datos, el teléfono estaría protegido contra la nueva medida. 

Cabe recordar en este último punto, como siempre, que poner una declaración en una plataforma social no tiene ningún valor legal. Cuando usamos un servicio digital (Netflix, Facebook, Whatsapp o Spotify), aceptamos las condiciones de uso que nos imponen (y normalmente sin leerlos). Quizás sea bueno invitar más a la lectura y menos a la indignación digital expresada. 

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