Sobre el mito de la revolución de la economía colaborativa y de forrarse en Uber

He leído con mucha atención este artículo publicado hace unos días en Yorokobu. Su título es bastante elocuente: “Cómo la economía colaborativa iba a arreglarnos la vida y cómo acabó amargándonosla“. Son varias las frases que nos permiten resumir un poco la historia de la (mal llamada) “economía colaborativa en Internet”:

La idea de volver a los orígenes, a que las personas intercambien bienes y servicios con otras personas sin intermediarios, sonaba prometedora.

Olía a democratización.

Se ha convertido en paradigma de aquello en lo que algunos pretenden convertir el trabajo: una cadena de pequeños bolos mal pagados y circunstanciales que se aceptan a través de una aplicación en el móvil.

lo llaman gig economy. Dicen que nos da independencia, pero lo que hace es quitarnos la seguridad.

No puedo estar más de acuerdo con todo esto. Escribí sobre ello tanto en 2016 (este artículo, “plataformas supuestamente colaborativas”) como en 2015 (explicando las diferentes aristas de lectura que me provocaba todo esto: captura y oferta de valormodelo de negocio y contabilidadmodelos de relación laboral y derechos del consumidor). Ya entonces adelantaba algunas de las cuestiones que el tiempo hemos visto confirmar. El artículo que citaba al comienzo entre ellos. Decía esto en 2016:

Simplificando lo simplificable, Uber, Facebook, Alibaba y AirBnB, los estandartes de esta mal denominada “economía colaborativa” (de lo que ya hablé aquí, aquí y aquí), son “páginas web“/”plataformas tecnológicas” cuyo valor no radica en disponer como “producto” lo que se dedican a vender, sino a facilitar todos los medios para que otros lo hagan. Por lo tanto, como proyecto tecnológico y comercial, creo que su valor está fuera de toda duda. Pero donde me surgen más dudas es sobre el supuesto componente “colaborativo”, en un sentido más “social” y de “beneficio compartido”.

Naturalmente, esta lógica de “colaborar” queda en un plano segundo frente a la rentabilidad de la empresa. Que sean las firmas de capital riesgo las que estén por detrás de alguna de estas empresas no es accidental, claro. Precarizar empleos y dejar en segundo plano los derechos de los trabajadores, tampoco parece estar en su escala de prioridades. Lo cierto es que los consumidores tampoco estamos ayudando en mucho en este fenómeno. ¿Por qué os animastéis tanto a consumir estos servicios? Un ahorro grande o pequeño, en función de lo que pague, pero siempre un ahorro. Si pagas con datos (Facebook o Uber), se paga menos y te ahorras más. Si paga servicios no directamente comparables al producto que se obtiene con otras alternativas (AirBnB en lugar de un hotel o Amazon en lugar de un producto comprado en una tienda tradicional), pues les saldrá algo más barato por mera contabilidad de costes.

Portada The New Yorker como alegoría de esta mal llamada economía colaborativa
Portada The New Yorker como alegoría de esta mal llamada economía colaborativa

Como ven, los años no han mejorado la situación. Y por mucho que los consumidores estemos en una burbuja de supuesta felicidad encerrados pensando que nos ha traído un ahorro considerable, lo cierto es que nos quedan todavía ciertos elementos sobre los que tomar conciencia. Uno de ellos es sobre el impacto que ha tenido en las relaciones laborales. La imagen de portada de “The New Yorker” es muy ilustrativa de esta idea: con los pulgares comprar en una aplicación del móvil teniendo la tienda al lado de casa (literalmente). ¿La diferencia? Seguramente unos pocos euros o céntimos de euro. ¿Por qué lo hacemos entonces?

Esa pequeña satisfacción que nos llevamos a corto plazo por el “sesgo de ahorro” (por céntimos que sea), nos dificulta sacar nuestro lado de empatía y visión a medio y largo plazo. Es decir: ¿nunca os habéis preguntado si algún día, de tanto ahorrar a corto plazo, acabaremos todos y todas teniendo un peor trabajo a medio y largo plazo? Ya en 2015 me preguntaba esto:

En este caso, me surge la duda del papel que debiera jugar un estado o sus órganos competentes (Seguridad Social, quizás) a la hora de fomentar un modelo en el que las relaciones laborales cambian por completo, y quizás, incluso se precarizan (esto es mera especulación aún).

Por estas interrogantes, me ha dado por investigar un poco por ejemplo qué tal está saliendo el “modelo Über” para un trabajador o trabajadora. Es decir, tratar de responderle a un futuro taxista que está barajando también prestar servicios en plataformas como Uber. ¿Dónde podrás ganar más dinero? ¿Cuánto se gana en Uber? Esta última pregunta es difícil de responder. Uber paga diferente en función de los mercados, tiene diferentes políticas de incentivos, ha cambiado recurrentemente su estructura de comisiones y sobre todo, de los costes brutos, los conductores deben deducirse los gastos corrientes (gasolina fundamentalmente) y los costes de depreciación y amortización (del coche).

Hay algún paper (artículo académico) que se ha hecho esta pregunta en las últimas semanas. En éste, un equipo de Stanford, lo cifra en 21.07 dólares brutos/hora (luego habría que quitar de ahí gastos corriente y costes de depreciación y amortización). En éste, de Princeton, lo estima en 20.19 dólares brutos/hora. Hace unos días, se publicaba este informe del think tank Economic Policy Institute (EPI), en el que la cifra se quedaba en 11.77 dólares netos (tras gastos del conductor).  Una cifra no alejada de las brutas anteriores, si a las anteriores (21.07 y 20.19), las deducimos la comisión de Uber (un 25% de media), y las deducimos los gastos a la hora que suelen tener.

Dejémoslo así entre 10.5 y 12 dólares netos que se gana a la hora en esta economía de Uber. No es de extrañar que la propia Uber en EEUU haya dicho que compite con Lyft y McDonald’s para atraer trabajadores. Esto, creo, nos permite concluir que Uber no permite ni mucho menos forrarse y tampoco es la quimera laboral que muchos nos quisieron hacer creer iba a ser.

Por último, no con esto quiero expresar mi oposición a plataformas como Uber o AirBnB. Lo que quiero expresar es que no son modelos que fomenten la economía colaborativa ni en las que un conductor se vaya a forrar. Si es un problema para el estado la guerra entre taxistas y Uber, y quiere apostar por las nuevas plataformas, que compre con dinero públicas las licencias de taxistas, para que éstos recuperen su inversión, y puedan luego moverse a Uber o a otro sector.

3 comentarios en “Sobre el mito de la revolución de la economía colaborativa y de forrarse en Uber”

  1. Alex, muy interesante reflexion.
    Un par de apuntes: porque hay que trabajar en Uber para forrarse?
    Lo que al principio planteaba Uber o AirBnb, no era un modelo de trabajo unico sino un modelo de “ingreso extraordinario”.

    El “problema” de las empresas es que …. son empresas. Es decir, criticamos que su modelo de negocio vaya hacia reducir costes, aumentar los beneficios y explotar al maximo sus recursos; pero al fin y al cabo, es una empresa.

    Hay otros tantos modelos/plataformas, que lo que buscan es colaborar para obtener ganancias conjuntas, lo que sucede es que no atraen tanto inversor evidentemente.

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    1. Hola Gorka,
      gracias por tu comentario. Efectivamente, son empresas, por eso se rompe un poco ese “discurso generalista” en torno a la economía colaborativa. En los artículos que enlazaba del pasado, de eso justo hablaba. Y sí, hay alternativas, también he escrito de alguna de ellas: http://www.deia.eus/2017/10/29/sociedad/fairbnb-datos-para-todos-y-todas?random=334507. Esto sí lo considero el espíritu original de la economía colaborativa.
      Saludos,

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