Algunas reflexiones sobre “Revolución tecnológica: predicciones y riesgos de la automatización” de la Sexta Objetivo

Hace unos días, el pasado 12 de Marzo concretamente, La Sexta Objetivo, el programa de Ana Pastor, emitía una edición (entiendo “especial”) que bautizó como “Revolución tecnológica: predicciones y riesgos de la automatización“. El programa íntegro lo podéis ver aquí. Durante la conversación/debate entre los asistentes, escuché varios comentarios que, para los que estamos trabajando en responder a los retos sociales que esta revolución tecnológica introduce, nos llamaron al menos la atención.

Voy a ir glosando los comentarios que fueron saliendo para que veamos el “daño” (por simplificación de cuestiones complejas) que alguno de ellos puede hacer para los retos sociales que se plantean:

En 3 meses cualquiera se puede convertir en programador

Es quizás el más alarmante y comentado en mi entorno social. Efectivamente, una de las personas que estaba presente en el debate dijo que cualquiera se puede convertir en programador en 3 meses. Además de ser falso y complicado incluso de argumentar, lo peor de todo, es el marco del debate en el que se dice. Como si la solución a la “Revolución tecnológica” fuera aprender a programar.

Quizás la chica que hizo el comentario, se refería a aprender una tecnología concreta (que también sería complicado, pero vaya, por tratar de entenderlo). Y quizás ése sea el mayor problema del comentario: aprender algo concreto (una herramienta, una tecnología, una solución), es obviar lo importante que es pensar y la capacidad de asbtracción. En el mundo de la informática, donde la algoritmia es cada vez más importante, también la abstracción lo es cada vez más.

La programación es otra cosa; implica entender de estructuras de datos, los conceptos de los sistemas operativos (esa capa de abstracción que se introduce sobre el hardware de un ordenador), procesos y concurrencia, algoritmia y soluciones para problemas, métodos de almacenamiento y procesamiento de datos, estructuras de ordenadores y problemas, etc. Esto, créanme, no cambia tanto con cada tecnología o lenguaje que aparece. Son cuestiones que llevan con nosotros desde hace décadas. Pero exigen ser aprendidas para hacer un buen código; ordenado, legible, reutilizable, mantenible, etc.

Desde aquellos años 30 en los que un grupo de matemáticos y lógicos (Turing, Gödel y Church) lanzaron el campo teórico que hoy llamamos Ciencias de la Computación (Computer Science) a las gafas de Google o los vehículos autónomos, han pasado más de 80 años. Años en los que hemos desarrollado una industria informática que demanda muchos profesionales, y que cada vez, los quiere más especializados para sus necesidades concretas y urgencias. El problema es que esta lógica de la industria está cada vez más presente; y nos está haciendo daño al valor que desde las universidades, y las facultades de ingeniería (en informática) queremos aportar a la sociedad.

Los MOOC nos van a sacar de esto […] Son gratis, y están en Internet accesibles para cualquiera.

Un “informático” es alguien que aprende el punto de vista científico de la computación, el punto de vista de ingeniería del software y de la computación (que no es lo mismo), aprende las tecnologías para el procesamiento de información y diseña y desarrolla sistemas para elaborar una respuesta y ayudar a las organizaciones sobre dicha información. ¿En todo esto ayuda un MOOC? No lo creo.

Enfoques como éste me parece que fallan en su concepción e idea a transmitir. Una cosa es que haya habido algunas personas a las que les haya funcionado la experiencia (me gustaría saber concretamente cuántas, entre la población total que estuviera en las mismas situaciones… aunque esto, claro, no lo dijo la persona que lanzó este comentario), y otra cosa es que podamos generalizar la idea que para las formaciones técnicas (foco del debate), hacer un curso online o meterse en un programa de especialización tecnológica de Telefónica, Stanford o Google online sea suficiente. Aquí ya expliqué varias de estas ideas.

Los Computing Curricula de ACM e IEEE, organizaciones profesionales -no universitarias por cierto-, proponen qué materias deberían ser impartidas en la educación superior de Informática/Computación, conforme a criterios científicos, sociales y profesionales. La propuesta presente en 2009 considera cinco grados:

  1. Computer Science / Ciencias de la Computación
  2. Computing Engineering / Ingeniería de la Computación
  3. Software Engineering / Ingeniería del Software
  4. Information Systems / Sistemas de Información
  5. Information Technology / Tecnologías de la Información

Si un MOOC (curso masivo online, sin personalización ni acompañamiento del estudiante), permite conseguir todos esos objetivos, avísenme. Seguramente me inscriba. Quizás lo que la comentarista ignora es que esos cursos funcionan bien cuando tienes una base tecnológica o informática medianamente desarrollada. Para las personas que no tienen dicha base, existe la universidad, sus grados y másteres. Es decir, allí donde diseñamos estudios y títulos considerando los marcos de la informática/computación.

Los MOOC nos permitirán reciclarnos.

En esta revolución tecnológica de la que tanto hablamos, sale en muchos momentos el concepto de “reciclarse”. Como si reorientar la carrera profesional de una persona fuera una tarea de días o semanas. Quizás estos comentarios ignoren algunos datos que ofrece, de manera gratuita (como los MOOC), la Encuesta de Población Activa. Aproximadamente un 50% de los desempleados no han superado la educación secundaria. La tasa de desempleo de quienes solo tienen estudios primarias es realmente alta (sobre un 40%), muy por encima de los que tienen estudios superiores (que ronda el 10-12%). Si con estos datos, la comentarista sigue creyendo que un MOOC, permitirá reciclarse, me gustaría ofreciera evidencias de casos que lo han conseguido. Considerando, insisto, el perfil del desempleo en España.

Los empleos que se van a crear van a emplear a los parados que va a generar esta revolución tecnológica.

Estos comentarios suelen tener dos polos. Si habla un “tecnófilo“, dirá esto mismo: que el empleo que la revolución tecnológica destruirá, a su vez, les dará nuevas oportunidades laborales. Si el comentario lo dice un “tecnófobo“, sucederá lo contrario: “los robots destruirán y robarán empleo“. El problema de ambos comentarios es la falta de rigor y evidencias para soportar un comentario y otro. Antes de dar respuesta a este punto, introduzco otro que salió:

“En 10 años, el 45% de las tareas estarán robotizadas”

Ha sido uno de los más repetidos. El pasado lunes di una conferencia, donde me preguntaron hasta en tres ocasiones por ello. Esta revolución tecnológica, va a destruir 1 de 2 cada dos empleos, me llegaron a decir.  Dejando de lado, cualquier rigor científico o de estudios serios. Les animo a buscar la fuente de dicho comentario. Ánimo.

Yo mismo, hace ahora mismo 3 años, cometí el error de sacar un artículo que el tiempo ha ido desmintiendo poco a poco. Algunos incluso crearon asistentes para dar respuesta al riesgo que cada uno teníamos. Ninguna revista económica rigurosa ha llegado a publicar el artículo que citaba. De hecho, estudios más recientes y rigurosos, bajan sustantivamente dicha cifra. Entre ellos, este artículo que sugiero leer.

El riesgo de la automa

Como se puede apreciar en el texto que subrayo, el porcentaje de trabajos automatizables, es bastante menor (a pesar de que España sale mal parada en los 21 países de la OCDE comparados). Ya el pasado verano hablé de estas estadísticas y cómo el riesgo de la destrucción era bastante menor.

La automatización del trabajo y la revolución tecnológica es una historia vieja y recurrente. Estimarla sin más evidencias, es siempre complicado. Por eso, hago un llamamiento a la exposición de argumentos con rigor, porque lo que sí resulta peligroso es no afrontar los riesgos sociales (que obviamente existen), con un diagnóstico serio y meticulosamente afrontado. Máxime en España, donde sí estamos a la cabeza de un mayor porcentaje (siempre alejado de ese 50%, claro) de puestos de trabajo con alto grado de automatización.

% de puestos de trabajo en riesgo de automatización (Fuente: http://www.oecd-ilibrary.org/docserver/download/5jlz9h56dvq7-en.pdf?expires=1489894667&id=id&accname=guest&checksum=E08FF39B048567709D39046878AC9055)
% de puestos de trabajo en riesgo de automatización (Fuente: http://www.oecd-ilibrary.org/docserver/download/5jlz9h56dvq7-en.pdf?expires=1489894667&id=id&accname=guest&checksum=E08FF39B048567709D39046878AC9055)

El ROI de ir a la universidad en el Siglo XXI: ciencia, tecnología e ingeniería

Como sabéis, la inquietud que tengo por la educación, nuestra responsabilidad social y su aportación al conjunto de las sociedades, es algo que me preocupa y ocupa. He escrito sobre ello en numerosas ocasiones. Y, en muchas ocasiones, he enfatizado la importancia de no entrever la utilidad de estudiar con encontrar un gran trabajo. No digo que esto no sea importante, pero lo que sí digo es que no puede ser la única motivación para seleccionar un estudio frente a otros.

El conocimiento aporta al conjunto de las sociedades más desarrollo, más ciencia básica, más libertad y autonomía del individuo, etc. En definitiva, aporta mucho más en su conjunto que al estudiante en particular. Sin embargo, dado que la elección del estudio es individual, ya puedo yo escribir en este humilde blog lo que sea, que al final el estudiante determinará sus estudios en función de sus prioridades.

Y, una de las que más destaca, son las salidas profesionales. Sobre esto, en cierto modo, ya he hablado. Especialmente cuando hablé de la “Sobre la (supuesta) sobrecualificación y el papel de las universidades”. En ese artículo decía eso de:

[…] ¿Cuántos puestos de trabajo para universitarios hay en España? La gráfica que adjuntamos a continuación, muestra como España, es uno de los países con menores porcentajes de demanda laboral de titulados universitarios. Esto se cumple para casi todos los “niveles de trabajo” que hay: directores y gerentes, profesionales y técnicos y profesionales de apoyo.

Y, uno podría pensar, que entonces, un título universitario no garantiza nada. Bueno, que el mercado laboral en España tenga ciertas disfuncionalidades, efectivamente, puede hacer extraer conclusiones erróneas. Pero ya digo que no es el caso. En 1972, una persona con estudios universitarios entre 25 y 34 años podía esperar a ganar un 22% más que una persona en esa misma franja de edad sin título universitario. Esta diferencia salarial, hoy en día, ha crecido hasta el 70%. Por lo tanto, desde una óptica eminentemente utilitarista (que ya he dicho antes que no es la única que hay que hacer, pero sí la que en la gran mayoría de las ocasiones hacen los estudiantes), sí, estudiar una carrera universitaria, en 2016, tiene un fuerte incentivo salarial y de desarrollo de carrera profesional.

Son datos que he extraído del Urban Institute, un think tank que estudia este tipo de cuestiones desde Estados Unidos. Hay otro estudio que va más allá. Es de la empresa de investigación PayScale, que determina el retorno sobre la inversión de los títulos universitarios para cada área de conocimiento. The Economist, se hizo eco de ello hace unos meses, y preparó esta gráfica que reproduzco aquí por su expresividad:

El ROI sobre títulos universitarios en áreas de conocimiento en EEUU (Fuente: The Economist)
El ROI sobre títulos universitarios en áreas de conocimiento en EEUU (Fuente: The Economist)

Como se puede apreciar, esas burbujas que salen en la parte superior para los estudios de “Ingeniería, ciencias de la computación y matemáticas”, destacan por encima del resto. El retorno sobre la inversión durante 20 años es, de media, de un 12%. Una rentabilidad de ese tipo hoy en día, con los tipos de interés por los suelos, no sé dónde lo podemos encontrar. Por lo tanto, sí, podemos afirmar que ir a la universidad, es una inversión muy rentable para cualquiera de nosotros. No creo que este mismo estudio para España o Europa en general, ofrezca resultados muy diferentes.

Otro aspecto destacable de esta gráfica es la ordenación de las referencias en el eje de la X. Es un eje que representa la tasa de admisión de estudiantes para cada universidad americana. Es una métrica muy empleada en EEUU para reflejar la “calidad de las universidad”. Si admito a poca gente, eso querrá decir que soy exclusivo, y por lo tanto, más atractivo para un eventual estudiante. Pero, como siempre, a un coste. Bueno, mejor dicho, para una inversión.

Pero como se puede apreciar, es realmente ilustrativo que apenas varíe ese ROI del 12% para todas las universidades. Las universidades menos prestigiosas, casi no se diferencian en esa cifra. Esto me lleva a pensar que los estudiantes que quieran priorizar estudios, quizás se tuvieran que preocupar menos por la universidad en sí, y más por el área de estudio. Insisto que esta no es la lectura que creo que debiera hacerse, pero sí por lo menos la que muchos hacen. Atiendo anualmente a un volumen importante de familias e hijos como para poder tener esta interpretación. Por desgracia, difícilmente cambiable, me temo.

Por todo ello, sí, os invitamos a estudiar nuestra fascinante área de ciencia, tecnología e ingeniería. Necesitamos más científicos e ingenieros. Hemos desarrollado a las sociedades desde que empezamos a comer a través del fuego, hasta que hemos creado Internet y todos sus derivados de la gran última revolución industrial.

El Retorno sobre la Inversión (ROI) de ir a la universidad en el Siglo XXI es muy alto. ¿Te lo vas a perder?

Las condiciones de un aula y sus efectos en el rendimiento del estudiante

Cuando hablamos de innovación en el aula, la conversación suele dirigirse siempre a métodos pedagógicos, utilización de nuevas herramientas y tecnologías digitales (cuando ésta no debiera ser la conversación) o incluso, la calidad del profesorado (que también sabemos es el factor más decisivo en el rendimiento del estudiante).

Eric Hanushek, un auténtico referente estos asuntos, en un artículo de 2011, enfatizaba mucho este último aspecto. Su principal conclusión partía de un hecho que muchas investigaciones y artículos han trabajado en el pasado:

“[…] Prácticamente ningún otro aspecto medible de las escuelas es tan importante como determinante del rendimiento académico de los estudiantes como los profesores

Me he topado, haciendo una investigación para otros asuntos, con un artículo que introduce un nuevo elemento en la conversación. El artículo se titula “A holistic, multi-level analysis identifying the impact of classroom design on pupils’ learning“, y básicamente viene a decir que el diseño de las aulas tiene una influencia clara en el rendimiento del estudiante. Es decir, cada vez hay más evidencia científica que la calidad del entorno educativo tiene un efecto positivo en el rendimiento de los estudiantes.

Y, fijénse en la siguiente figura que incorporan en el artículo, donde introducen una visión en tres dimensiones:

  • Nivel de estimulación: colores, equilibrio entre apertura y espacios cerrados, espacios para el juego, etc.
  • Individualización: densidad, flexibilidad, etc.
  • Naturalidad: calidad del airea (que sea fresco), temperatura ambiental, sonoridad (interior y exterior), olores, la textura (las vistas o paisajes), etc.
Diseño de la investigación HEAD (Fuente: http://h2020.fje.edu/es/docs/Article%20Salford%20ENG.pdf)
Diseño de la investigación HEAD (Fuente: http://h2020.fje.edu/es/docs/Article%20Salford%20ENG.pdf)

Como se puede apreciar, a los que nos dedicamos a la educación, son muchos los elementos que nos debieran hacer pensar cómo diseñar los espacios de aprendizaje del futuro. En Cataluña, por ejemplo, ya han empezado a eliminar filas de mesas, tarimas y pizarras de algunas aulas. Las escuelas de los Jesuitas en Cataluña, ya han apostado mucho por este tipo de innovaciones. Más allá de este caso (que desconozco cómo de generalizado es), lo que quería hoy hablar es de este asunto y qué opciones tenemos los centros educativos para poder sacar provecho de estas conclusiones.

Lo cierto es que muchas de las aulas que todavía hoy usamos son poco polivalentes. La investigación realizada por la Universidad de Salford en Manchester (los autores del artículo), concluyen que el rendimiento del estudiante puede mejorar hasta un 25% si las condiciones ambientales del aula son las más adecuadas. Considerando por “adecuado”, esas tres dimensiones que introducía antes.

Estas conclusiones las sacan tras haber obsrevado 34 aulas distintas de siete colegios del condado de Blackpool, donde, citando literalmente:

“[…] el color y la iluminación que predomina en la clase, la amplitud del espacio, un mobiliario cómodo y adaptado al aprendizaje, la existencia de zonas variadas donde desarrollar actividades pedagógicas y los espacios de conexión entre un aula y otra (pasillos, puntos de encuentro) conforman el entorno de desarrollo más positivo”.

A nivel de distribución de elementos necesarios para el desarrollo efectivo de una clase, y de la propia configuración del aula, parece que lo ideal sería hacerlo con distribuciones que permitan agrupar a los estudiantes de forma muy variada. Es decir, la polivalencia, que no haya anclajes de puprites al suelo, por ejemplo. Es en estas aulas, donde el estudiante puede tomar el protagonismo, y se va moviendo en el aula configurando el mobiliario a cada tipo de actividad (y no viceversa… que los que nos dedicamos a esto sabemos bien cuánto limita).

Representación gráfica de El Periódico de un aula en condiciones adecuadas (Fuente: http://estaticos.elperiodico.com/resources/jpg/9/9/aula-del-futuro-slide1-1465235672499.jpg)
Representación gráfica de El Periódico de un aula en condiciones adecuadas (Fuente: http://estaticos.elperiodico.com/resources/jpg/9/9/aula-del-futuro-slide1-1465235672499.jpg)

Este movimiento de poner al usuario en el centro (en este caso el estudiante), es algo que las bibliotecas o museos más avanzados ya vienen realizando desde hace años. Si queremos dar protagonismo al usuario y que él o ella vaya descubriendo (que es cuando se hace efectivo el aprendizaje o la experiencia de la visita), debemos ubicar el equipamiento cultural o educativo acorde a ello, dejando espacio para las configuraciones más adecuadas en función de condicionamientos educativos.

Más allá del aula, incluso la distribución de pasillos del edificio parece tener un efectivo significativo. En Cataluña -de nuevo- ya son varios los centros que vienen trabajando en el diseño y creación de espacios abiertos de encuentros entre estudiantes y profesorados. Lo han venido a bautizar cómo ágoras, en un claro reflejo de los antiguos puntos de encuentro romanos y griegos. Este toque romántico hace que a uno le den ganas de volver a estas aulas 🙂

Este tema del diseño de un aula es un tema que se viene estudiando desde hace años. En este meta-estudio de la Universidad de Princeton, podemos ver cómo la amplia revisión literaria de referencias sobre todo ello. Pero me voy a quedar con una frase que resume mucho del contenido que ahí podréis encontrar:

“[…] We know too much about how learning occurs to continue to ignore the ways in which learning spaces are planned, constructed, and maintained”

En definitiva, estamos hablando de centrarnos en cómo mejorar el rendimiento del estudiante. Pongámosle en el centro de la experiencia de aprendizaje. Y configuremos el entorno de la manera más adecuada.

Sobre la (supuesta) sobrecualificación y el papel de las universidades

Uno de los temas más frecuentemente divulgados en los medios de comunicación (incluyendo las redes sociales, que no dejan de ser otra correa de transmisión más) versa sobre la sobrecualificación de nuestros estudiantes. Prueben simplemente a buscar el término en Google, y verán resultados. Un contexto, en el que se habla de ello porque España tiene muchos parados (por desgracia), tiene más universitarios que antes, y también, tiene más parados universitarios que antes. En cifras:

En este punto, es cuando enseguida salen voces a culpar de todo ello a la sobrecualificación. Es decir, que muchas personas, cursaron estudios universitarios y no les ha “servido para nada“. Este tipo de expresiones a mí siempre me suscitan varias reflexiones; en primer lugar, el concepto “servir” o “ser útil”, ¿desde qué punto de vista? ¿el de la empresa? ¿la sociedad en su conjunto? ¿el estudiante?. En segundo lugar, ¿acaso la sobrecualificación es mala? ¿no tiene algún otro tipo de utilidad más allá de encontrar el trabajo sobre lo que he estudiado?. Y, en tercer y último lugar, “el saber no ocupa lugar“, que decía mi abuelo. Tendemos, quizás de manera acusada en los últimos años, a plantear en relaciones de direccionalidad y causalidad absoluta todo lo que hacemos. Y esto es un poco peligroso.

Estas cuestiones, a los que tenemos la fortuna de trabajar en un contexto universitario, siempre nos preocupa (y ocupa). Por ello, quería tratar hoy algunas de estas cuestiones con algunos datos. Vamos a empezar por un pequeño diagnóstico del problema. Este magnífico artículo de Ahora, pone un poco en perspectiva algunas de las cuestiones que introducía:

Titulados superiores y sus empleos (Fuente: https://www.ahorasemanal.es/la-universidad-fabrica-de-sobrecualificados#&gid=1&pid=1)
Titulados superiores y sus empleos (Fuente: https://www.ahorasemanal.es/la-universidad-fabrica-de-sobrecualificados#&gid=1&pid=1)

Con la sobrecualificación estamos hablando del desajuste entre lo que estudia un trabajador y lo que necesita para su puesto de trabajo. En España, esto ocurre en un 20% de los puestos de trabajo, y como vemos en la gráfica sobre estas líneas, el problema no deja de aumentar. Esto no afecta a todas las áreas de conocimiento por igual: en las ciencias sociales ronda el 25% y en las ciencias e ingenierías un 15%. Ya ven, que la media ronda el 20% como decíamos.

Hecho el diagnóstico, y mis reflexiones anteriores, convendría analizar un poco más el problema. Voy a empezar por adjuntar otro punto de vista a la misma jugada: ¿es malo tener una formación alta en las sociedades del conocimiento actual? Esto es lo que se ha venido a detallar (entre otras cosas) en otro artículo que ha circulado estos días titulado “El nivel educativo de la población en España y sus regiones: 1960-2011“. Sus autores (los cracks de Ángel de la Fuente y Rafael Doménech), muestran la relación en 2011 de los añados medios de escolarización y el PIB por hora trabajada. La gráfica habla por sí sola:

Relación entre años de escolarización y el PIB por hora trabajada (Fuente: http://www.aecr.org/images/ImatgesArticles/2016/5/04_DELAFUENTE.pdf)
Relación entre años de escolarización y el PIB por hora trabajada (Fuente: http://www.aecr.org/images/ImatgesArticles/2016/5/04_DELAFUENTE.pdf)

La correlación entre los años de estudio y el PIB por hora trabajada es fuerte y positiva, por lo que podríamos concluir que estudiar aporta muy mucho a encontrar trabajo y a aportarle a la empresa productividad y competitividad. En definitiva, estudiar, aporta a la renta de una persona. Y, en agregado, a las sociedades también. El conocimiento no solo sirve para “ganar más”, sino también para ser una sociedad culta, del Siglo XXI en la era de la información, donde todo aporta un bienestar mayor. En esta representación, además, se puede ver las enormes diferencias existentes entre Comunidades Autónomas, lo cual daría para hablar otro rato sobre qué condicionantes llevan a ello.

En este mismo trabajo, aparece otra gráfica que desmonta otro de los mitos habituales. ¿Hay muchos universitarios en España? A tenor de la siguiente gráfica, estando por debajo de la media de los países más desarrollados, no parece claro poder concluir que sí. Esto también desmonta otro de los mitos habituales sobre si sobran o no universidades en España. El debate creo que tiene que ser otro.

Porcentaje de la población de más de 25 años con alguna titulación universitaria (Fuente: http://www.aecr.org/images/ImatgesArticles/2016/5/04_DELAFUENTE.pdf)
Porcentaje de la población de más de 25 años con alguna titulación universitaria (Fuente: http://www.aecr.org/images/ImatgesArticles/2016/5/04_DELAFUENTE.pdf)

A sabiendas que estudiar aporta al futuro profesional de una persona, y que encima no tenemos universitarios “en exceso”, ¿dónde puede estar el problema?  Hay dos posibilidades, que se han trabajado también mucho en diferentes estudios. Por un lado, que un “título universitario” sea algo más que un título en sí. Muchas veces pensamos que los titulados de una determinada rama, son todos “iguales”; pero es que hay más factores a considerar, como las competencias, la actitud, etc.

En una era en la que las competencias en el puesto de trabajo se señalan cada vez más como un elemento clave para el desempeño profesional, pudiéramos tener un problema ante la gran diversidad que exhiben los titulados a este respecto. Por ello, la OCDE está últimamente mostrando varios trabajos que miden las habilidades cognitivas, lingüísticas y numéricas de los estudiantes. Y esto, sí parece ser un problema en España; la relación entre títulos universitarios y el dominio de las competencias de las estudiantes, no siempre es estrecha. Hay una importante heterogeneidad de competencias entre los titulados de una misma carrera. La implantación de Bolonia y su desarrollo, debe seguir.

Y, en segundo lugar, parece que otra explicación a considerar es la parte de la “demanda laboral de universitarios“. Es decir, ¿cuántos puestos de trabajo para universitarios hay en España? La gráfica que adjuntamos a continuación, muestra como España, es uno de los países con menores porcentajes de demanda laboral de titulados universitarios. Esto se cumple para casi todos los “niveles de trabajo” que hay: directores y gerentes, profesionales y técnicos y profesionales de apoyo.

Trabajos para universitarios sobre el total de empleos (Fuente: https://www.ahorasemanal.es/la-universidad-fabrica-de-sobrecualificados)
Trabajos para universitarios sobre el total de empleos (Fuente: https://www.ahorasemanal.es/la-universidad-fabrica-de-sobrecualificados)

Si España quiere ser de verdad un país que apueste y saque valor del conocimiento, no podemos pensar que titulando todos los años a muchos universitarios vayamos a arreglar el problema. Como ven, tanto a nivel competencial como a nivel del valor añadido de las empresas, hay muchas cosas todavía por hacer. Y, muchos mitos y titulares interesados o parciales que quitar de nuestras conversaciones habituales.

Seguiremos trabajando en las universidades para aportar todo lo que podamos en nuestra sociedad del conocimiento. La que necesitamos para vivir en este mundo globalizado. Así que no, no creo que haya sobrecualificación.

El supuesto “Fin de la titulitis” y cómo las empresas tecnológicas valoran el “saber hacer”

Leo, ya sin sorpresa, la siguiente noticia de ayer en El País:

El fin de la titulitis, en El País (Fuente: http://economia.elpais.com/economia/2016/03/03/actualidad/1457024681_163769.html)
El fin de la titulitis, en El País (Fuente: http://economia.elpais.com/economia/2016/03/03/actualidad/1457024681_163769.html)

La noticia nos habla de programas como el de Empleo Digital de la Fundación Telefónica. Y describe la utilidad de los MOOC del MIT como elemento de “reconversión profesional” de una de las personas entrevistadas. Y, salen cuestiones como:

Las empresas tecnológicas ya no valoran lo que has estudiado sino lo que sabes hacer. Cursos de cuatro meses preparan para ese reto.

Compañías que no miran ni una sola línea del currículum para abrir sus puertas a nuevos empleados.

La tendencia ha llegado a España y muchas empresas tecnológicas han dejado de lado los títulos de los candidatos para valorar in situ su capacidad de superar retos relacionados con la programación.

El objetivo es romper con la titulitis y detectar talento.

Las empresas evolucionan a mayor velocidad que los centros educativos y el hecho de contar con una titulación universitaria ya no es sinónimo de estar a la altura de lo que demanda el mercado, al menos en lo que respecta a las habilidades tecnológicas.

Hace unos días publiqué este artículo en el que hablaba sobre muchas de estas cuestiones. En esta noticia de El País, cómo no, debía existir frases tan constructivas como “Muchos de nuestros trabajadores no terminaron la carrera“. En fin, no hace falta que vuelva a repetir que enfoques y noticias/crónicas como esta me parece que fallan en su concepción e idea a transmitir. Una cosa es que haya habido algunas personas a las que les haya funcionado la experiencia (me gustaría saber concretamente cuántas, entre la población total que estuviera en las mismas situaciones… aunque esto, claro, no lo dice la noticia), y otra cosa es que podamos generalizar la idea que para las formaciones técnicas (foco de la noticia), hacer un curso online o meterse en un programa de especialización tecnológica de Telefónica o Google sea suficiente.

Desde aquellos años 30 en los que un grupo de matemáticos y lógicos (Turing, Gödel y Church) lanzaron el campo teórico que hoy llamamos Ciencias de la Computación (Computer Science) a las gafas de Google o los vehículos autónomos de Apple, han pasado más de 80 años. Años en los que hemos desarrollado una industria informática que demanda muchos profesionales, y que cada vez, los quiere más especializados para sus necesidades concretas y urgencias. Quizás bajo esta mirada o perspectiva nazca la noticia.

Por un lado uno se puede alegrar de ver que las formaciones STEM (Science, Technology, Engineering, and Mathematics) estén cada vez más demandadas. Para eso las universidades tenemos formaciones de Ingeniería en esas materias. Nosotros, las universidades, no tenemos como objetivo ofrecer formaciones especializadas. Nos sería realmente imposible. Además de romper con la naturaleza y filosofía de una universidad. Tendríamos que hacer tantos itinerarios formativos como empresas prácticamente. Nuestra misión es otra. Nosotros ofrecemos una formación básica o conjunta de competencias mínimas para que el estudiante luego tenga la autonomía y capacidad de aprender con cierta autonomía la evolución tecnológica, aprenda a programar o pueda seguir esos cursos de especialización digital que hablábamos. Me gustaría a mí saber qué sería de esos programas de Telefónica o cursos de Google con estudiantes de 18 años sin ningún tipo de formación universitaria.

Cuando nos dicen que las universidades vivimos aisladas de las empresas, de nuevo, me gustaría saber qué entienden por universidad. ¿Una formación centrada en las necesidades tecnológicas de sus empresas? ¿Y qué pasará el día que cambien? Creo que es mejor entender la universidad como los “building blocks” o “bloques mínimos” de conocimiento en una formación técnica necesarios para que luego el estudiante, sí, pueda desarrollarse y aprender a través de cursos online masivos (que da para otra entrada, y donde también, me gustaría saber el éxito de un estudiante que tiene una carrera universitaria frente a otro que no la tiene) o a través de programas de formación tecnológica.

Nosotros, los ingenieros, y las Facultades de Ingeniería, tenemos conocimientos en tres áreas distintas:

  1. Ciencia
  2. Tecnología
  3. Herramientas

Me gusta hacer el símil (no sé cuán riguroso es, pero me sirve como heurístico de explicación), de ver la Ciencia como la Investigación Básica, la Tecnología como el Desarrollo y las Herramientas como la Investigación Aplicada/Innovación (“salida a mercado“). Esto es, los “informáticos”, ejercemos nuestra actividad, como cualquier otro ingeniero o arquitecto de sistemas, en todos los eslabones del polinomio de la I+D+i. Cuando nos dicen que en el año 2020, el déficit de expertos en tecnología será de 800.000 personas según previsiones de la Comisión Europea, a mí me gustaría saber qué es un “experto en tecnología“.

Los Computing Curricula de ACM e IEEE, organizaciones profesionales -no universitarias por cierto-, proponen qué materias deberían ser impartidas en la educación superior de Informática/Computación, conforme a criterios científicos, sociales y profesionales. La propuesta presente en 2009 considera cinco grados:

  1. Computer Science / Ciencias de la Computación
  2. Computing Engineering / Ingeniería de la Computación
  3. Software Engineering / Ingeniería del Software
  4. Information Systems / Sistemas de Información
  5. Information Technology / Tecnologías de la Información

Un “informático” es alguien que aprende el punto de vista científico de la computación, el punto de vista de ingeniería del software y de la computación (que no es lo mismo), aprende las tecnologías para el procesamiento de información y diseña y desarrolla sistemas para elaborar una respuesta y ayudar a las organizaciones sobre dicha información. ¿En todo esto ayuda un MOOC o un programa de Telefónica? No lo creo.

Llevándolo al plano de España, en esta resolución de 8 de junio de 2009, se pueden consultar las competencias que debe adquirir un Ingeniero en Informática (considerando, en general, los 5 currículums anteriormente expuestos). Resumo en:

  • Proyectar, calcular y diseñar productos, procesos e instalaciones.
  • Dirección de obras e instalaciones de sistemas informáticos.
  • Dirigir, planificar y supervisar equipos multidisciplinares.
  • Modelado matemático, cálculo y simulación.
  • Elaboración, planificación estratégica, dirección, coordinación y gestión técnica y económica de proyectos.
  • Dirección general, dirección técnica y dirección de proyectos de investigación, desarrollo e innovación.
  • Puesta en marcha, dirección y gestión de procesos de fabricación de equipos informáticos.
  • Aplicación de los conocimientos adquiridos y de resolver problemas en entornos nuevos o poco conocidos. [Mira, justo lo que dice la noticia 🙂]
  • Comprender y aplicar la responsabilidad ética, la legislación y la de ontología profesional.
  • Aplicar los principios de la economía y de la gestión de recursos humanos y proyectos, así como la legislación, regulación y normalización de la informática.

Es decir, no somos obreros, sino arquitectos. Quiero decir: no, no somos gente en un laboratorio encerrados con un ordenador, sino que hacemos proyecciones y cálculos como cualquier otro arquitecto o ingeniero de sistemas. Que no lo hagamos tan bien y a la medida como las empresas quieren, no es sinónimo de “Una titulación universitaria ya no es sinónimo de estar a la altura de lo que demanda el mercado“. Por lo tanto, sin querer defender la titulitis, pero sí, la universidad es necesaria. Sino, traíganme cifras y pruebas, y estaré dispuesto a cambiar mi opinión 🙂

El enésimo episodio de “Hazte millonario sin estudiar” y por qué la universidad es otra cosa

Es difícil que pase un mes sin que por las redes sociales circule de nuevo una noticia o gráfica como esta que vemos aquí:

Los millonarios sin títulos universitarios (Fuente: http://4.bp.blogspot.com/-ctlGbzE1tM0/UXppKFYAh8I/AAAAAAAAL0g/aGTJoIWiZwU/s640/millonarios-sin-estudio.jpg)
Los millonarios sin títulos universitarios (Fuente: http://4.bp.blogspot.com/-ctlGbzE1tM0/UXppKFYAh8I/AAAAAAAAL0g/aGTJoIWiZwU/s640/millonarios-sin-estudio.jpg)

Hace unos días, también salía esta noticia del responsable de RRHH de Google: “El expediente académico no sirve para nada“. La consultora Ernst & Young, el pasado Agosto, era noticia por lo mismo: “‘No evidence’ that success at university is linked to achievement in professional assessments, accountancy firm says“. Creo que toda esta oleada de ataques contra nuestros quéhaceres universitarios se deben a que las grandes empresas quieren en cierto modo tener un papel más activo en el conocimiento y el desarrollo de competencias. Es más, que Google anda detrás del sector universitario es cada vez un rumor mayor.

No puedo estar más en desacuerdo con esta forma de entender la universidad. En este artículo, el autor dice una frase bastante lapidaria: “Ni el estudio es garantía del éxito, ni el no contar con un título es garantía del fracaso“. Si os fijáis, es muy diferente decir que “los estudios no son garantía, y tampoco el no tenerlos” que “el expediente académico no sirve para nada“. Si yo fuera el que selecciona (que lo hago en ocasiones), y supongamos que tengo que hacerlo al azar entre 100 candidatos, prefiero que sea entre candidatos que tengan estudios universitarios, que entre 100 que no los tengan. Es cierto que hay muchos más factores de éxito, pero sí creo que por lo menos reduce las probabilidades de fracaso el hecho de contar con estudios universitarios.

Ojo con qué entendemos por universidad. Ya hace 5 años que escribí mucho sobre todo ello, e incluso hice un par de charlas sobre todo ello.

Universidad viene de universitas, por “asociación de iguales” (corporación o gremio) en latín medieval. Hace referencia a un gremio de maestros o estudiantes.

Quizás es que con cierta frecuencia confundamos las universidades con las escuelas de negocio, sinónimo de competitividad en el mercado. Éstas, nacieron en la segunda mitad del Siglo XIX para preparar a la élite que debía dirigir y gobernar las empresas en el capitalismo de la era industrial. Las universidades no son escuelas de negocio. Las universidades, el equivalente a un ágora, a la academia de Platón, donde se reflexiona y se sintetiza el conocimiento. Requiere alumnos inquietos intelectualmente, requiere rigor científico, requiere reflexión e investigación en todas las materias del conocimiento humano.

Suelo decir que el papel de la universidad hoy en día es facilitar entender sociedades complejas que conforman un mundo aún más complejo. Nuestra misión es dotar al estudiante de capacidades, herramientas y habilidades para mejorar nuestro mundo a través de una transformación responsable, humana y ética. ¿Es esta visión de la universidad compatible con esos mantras dominantes de las grandes empresas? No lo veo.

La responsabilidad de las universidades en nuestras sociedades del desarrollo, de la movilidad social y de la reducción de las desigualdades, es fundamental. Alrededor de los años setenta, pasó de ser un centro de aprendizaje de las clases altas y medias a incluir entre su alumnado a las clases trabajadoras que nunca hasta entonces habían podido entrar. Así, las universidades han contribuido a la extensión de la cultura, entendiendo esto como al mundo del pensamiento, a los conocimientos filosóficos, literarios y artísticos, así como los instrumentos básicos para el desarrollo profesional, personal y social.

No obstante, hay muchos elementos que hacen popularizar titulares “Hazte millonario sin estudiar”. La progresiva disminución de las asignaturas de humanidades -Literatura, Filosofía, Historia, Geografía- en la educación primaria y secundaria, nos acaba contagiando a las universidades. En la última reforma de la Ley de Educación, la Historia de la Filosofía pasa a ser optativa y las horas de Literatura disminuyen. Creo que con esta idea, a los estudiantes les puede ir quedando medianamente claro que estas materias no son importantes porque no sirven para abrirse paso en el mercado de trabajo. Y así, seguimos construyendo un discurso eminentemente utilitarista sobre la función de la educación en general, y en última instancia, de la universidad.

No obstante, menos mal que la realidad suele acabar confirmando nuestra visión. Las últimas revoluciones industriales (dispositivos electrónicos e Internet) se han producido codo con codo con las universidades. Y que la desigualdad creciente intrapaís (a pesar de la reducción de las desigualdades interpaíses) puede suponer una regresión importante para el acceso a estos templos de conocimiento, también es importante. Por lo tanto, en este contexto, que estemos venga a atacar el rol de las universidades, me parece una irresponsabilidad importante por parte de las empresas.

El motivo “no se prepara profesionalmente a los alumnos para el mercado laboral” parte de una premisa falsa; y es que nunca fue el objetivo principal de las universidades. El foco de su objetivo es la de potenciar intelectualmente a las personas, dotarles de conocimientos y de capacidad de reflexión. Es cierto que la universidad tiene que transformarse de la misma manera que se transforma la sociedad, pero no hay que olvidar el objetivo último de la universidad.

No obstante, y pese a que no fuera su función me parecía bastante evidente, me he puesto a buscar algo más de evidencia empírica (más allá de la “anécdota” de los seis multimillonarios… ¿cuántos son en total, por cierto?). Me he encontrado con este reciente estudio elaborado por la Reserva Federal de Sant Louis y Bloomberg, que estiman cómo tres factores afectan a las opciones que uno o una tiene para ser millonario: edad, educación y raza.

Los investigadores William Emmons, Bryan Noeth, y Lowell Ricketts evidencian cómo, de esos tres factores, la educación es el más influyente en las opciones de convertirse en millonario. Es cierto que algunas razas tienen más opciones que otras (desgraciadamente), pero la educación tiene un papel fundamental. Esto, además, enfatiza la necesidad que esas desigualdades que antes decía, no sean un limitante para el acceso a la universidad.

¿Puede la educación ayudar a convertirse en millonario? (Fuente: http://static1.businessinsider.com/image/56a0fbf59037f7d37b66cbf4-800-688/infographic-millionaire-school.png)
¿Puede la educación ayudar a convertirse en millonario? (Fuente: http://static1.businessinsider.com/image/56a0fbf59037f7d37b66cbf4-800-688/infographic-millionaire-school.png)

Como se puede leer en el informe:

According to the sample, a black person’s odds of being a millionaire increase from less than 1 percent if he or she doesn’t complete high school to 6.7 percent with a graduate degree. White Americans without a high school diploma start out with slightly better chances—1.7 percent—that rapidly improve with more school: A graduate-level education increases their probability of amassing a net worth greater than $1 million to 37 percent.

Por último, respecto a la edad, es cierto que hay diferencias entre razas, pero también según se avanza, hay opciones de llegar a ser millonario. Esto, enfatiza la importancia de la formación continua a todas las edades.

Opciones de ser millonario mientras envejeces (Fuente: http://www.bloomberg.com/features/2016-millionaire-odds/img/millionaire-age.png)
Opciones de ser millonario mientras envejeces (Fuente: http://www.bloomberg.com/features/2016-millionaire-odds/img/millionaire-age.png)

Con esto, hago un llamamiento a dejar de difundir por Facebook y Twitter informes sobre cómo llegar a hacerse millonario sin estudiar. Y es que el papel de las universidades, creo, queda fuera de toda duda para el desarrollo de nuestras sociedades inclusivas, igualitarias y menos desiguales que las actuales. Sumemos entre todos.

La cadena de valor de la educación superior: un futuro con incertidumbres

Comentaba en la entrada anterior, que derivado de múltiples cambios, la educación superior podía ver su cadena de valor tradicional ciertamente alterada. En este artículo vengo a exponer un poco los “¿por qué?” de esa afirmación y sobre todo, a trazar un camino por el que pudieran discurrir las cosas.

El modelo de educación superior de la docencia, el estudio exigente y dedicado, y el examen apenas ha cambiado durante siglos. Desde las primeras escuelas catedralicias hasta hoy, apenas hemos cambiado. Fíjense en la siguiente representación gráfica, y piensen la universidad de hoy en día. A ver si encuentran alguna diferencia.

Primeras universidades: amparadas por la Iglesia, que estableció así una diferenciación entre el trívium y el cuadrivium (Fuente: https://mcarmenfer.wordpress.com/2011/09/11/contexto-socio-cultural-de-la-edad-media/)
Primeras universidades: amparadas por la Iglesia, que estableció así una diferenciación entre el trívium y el cuadrivium (Fuente: https://mcarmenfer.wordpress.com/2011/09/11/contexto-socio-cultural-de-la-edad-media/)

Pero, como decíamos, algunos vectores de cambio empiezan a aparecer. Por un lado, el crecimiento imparable de los costes de la educación nos puede llevar a lo que se como la enfermedad de Baumol (que entremos en una espiral insostenible por no acompañar el incremento de los precios con un incremento de la productividad… que en educación, ya sabemos siempre es un tema difícil de estimar). Por otro lado, la irrupción de la tecnología digital, que ha desintermediado muchas comunicaciones (especialmente las editoriales y la de los cursos online, siendo ahora difícil pensar “vender libros” u ofrecer cursos online de pago sin mayor valor que los materiales -con la tutoría, el título, el capital social de interactuar y conocer a otros compañeros, u otros valores añadidos, la cosa cambia, claro-). Y, en tercer y último lugar, el acceso a la educación ya no se concentra solo en edades comprendidas entre 18 y 25, sino que ahora la gente demanda formación a lo largo de la vida (nosotros, recientemente creamos nuestro Vicerrectorado de Formación Continua y Emprendimiento).

Pero, decir “qué modelo seguirá una universidad para garantizar su éxito” resulta ciertamente pretencioso. La verdad es que incluso el enfoque de este artículo me resulta complicado de trazar (tengo aquí mi esquema en papel para guiarme). Especialmente, por la cantidad de variables que hay en juego, y por la dificultad de visionar un futuro en todas ella. Pero, resumiendo mucho lo resumible, creo que una universidad pudiera apostar por un modelo de entre tres opciones:

  1. Enfoque “Responsabilidad Social: apelar a nuestra identidad y a nuestra misión de contribución a la sociedad. Universidad viene de universitas, por “asociación de iguales” (corporación o gremio) en latín medieval. Hace referencia a un gremio de maestros o estudiantes.  Por ejemplo, nuestro caso en Deusto: Servicio (plena dedicación a los estudiantes y a la sociedad a través de la profundización en el conocimiento, su transferencia, la formación en valores y la capacitación profesional) y Compromiso (obligación hacia los demás, la apertura a nuevos espacios de colaboración y, en nuestro caso, añade una connotación ética que mueve a las personas en un empeño común). Esto lo llamaremos en lo que resta del artículo enfoque de “Responsabilidad Social” (Servicio y Compromiso).
  2. Enfoque “Oferta: cogiendo una óptica más de “empresa”. Veo, analizo y pongo en valor mis activos, mis capacidades, mis oportunidades, y lanzo una oferta acorde a ello.
  3. Enfoque “Demanda: de nuevo, cogiendo una óptica de “empresa”. Veo, analizo y  detecto oportunidades de mercado; allí donde hay estudiantes que demandan algo que todavía se puede mejorar.

Con estas opciones, veamos qué se está haciendo. En los foros universitarios, cuando se hace referencia a “universidades top” suele recurrir a los famosos rankings. Una clasificación académica que sirve para que de vez en cuando haya gente por twitter y facebook diciendo que las universidades Españolas hacemos muy mal nuestro trabajo. Pues bien, además de que metodológicamente son rankings con ciertos problemas a la hora de comparar universidades en el mundo (confundir peras y manzanas sobre todo), su validez cada vez es menor. De un total de 27 factores, en una reciente encuesta, los estudiantes dejaron en agregado a este factor de los rankings en el puesto 20º en cuanto a factores para decidir.

Para reflexionar sobre cómo podríamos trazar la “universidad del mañana” cojamos el “enfoque demanda”, que es el único que no es endógeno a la universidad, y que nos provoca a mirar hacia fuera. Creo que puedo resumir en cuatro factores los motivos para que un estudiante se matricule en una universidad o en otra (dejo el factor geográfico tan propio de España de lado, para hacer una reflexión más global y menos local a España): los títulos que ofrece, el coste de la matrícula, la seguridad y las oportunidades de empleabilidad.

Estos cuatro factores de matriculación, hace que tengamos tres tipos de universidades:

  1. Universidades de matrícula “cara”: enfoque calidad. Apuesto por mi valor, y me posiciono a un precio alto para que el mercado reciba esa señal mía, esa información.
  2. Universidades de matrícula “barata”: enfoque precio. Sé que hay un mercado que está dispuesto a pagar poco, pero que quiere un título.
  3. Universidades de estrategias híbridas: enfoque “no me quiero decantar, aunque creo que lo voy a pasar mal“. Y, aquí, corremos el riesgo de perder posicionamiento de mercado y del envío de mensajes/información respecto a mi identidad. Pero, también se puede apostar por ello.

Esta polarización, por cierto, es algo que estamos viendo en otros sectores (como el del mueble con Ikea vs. diseño Francés/Italiano; o el de los restaurantes con comida rápida vs. lujo y “slow food”). Y me da la sensación que se seguirá polarizando si las desigualdades en los países no dejan de crecer (ya saben, desigualdades intrapaís, pero una mayor igualdad inter-país). Esta polarización creo que se debe a dos factores principales:

  • Irrupción de iniciativas online: llevamos, aproximadamente, desde 1980 hablando de la formación online. Se hicieron muchas promesas por aquel entonces: accesibilidad, eficacia, un mayor acceso, democratización de la formación, etc. Lo cierto es que no sé cuántas iniciativas después, creo que no han cambiado muchas las cosas. La alta dependencia tecnológica hace que a pesar de poder llegar a través de Internet a muchos sitios, solo las clases altas de las sociedades en desarrollo pueden acceder.
    El problema radica en que las iniciativas online han seguido lo que podemos denominar “modelos isomorfistas“; iniciativas online que parten de universidades presenciales, con sistemas de precios idénticos, posicionamientos de marca similares, y con la máxima de “Precio = Calidad” por delante. Y claro, la “lógica digital” es un poco diferente, algo que en la transformación digital de los negocios tenemos bastante claro. Hasta la fecha, se han replicado (más o menos) modelos pedagógicos presenciales. Poco se ha innovado. Y esto genera frustración y poca motivación. Entonces, ¿por qué triunfan? Porque estos títulos online los compran gente que quiere un diploma solo (lo que comentábamos en el artículo anterior). Y esto no es precisamente, desde el punto de la Responsabilidad Social de una universidad, lo deseable. Tenemos que dar pasos más allá para ofrecer más valor. Por ejemplo, simplemente dándonos cuenta que en una clase presencial el control del foco es del profesor, y que en una online, los estudiantes se deben autoexigir ese foco (modelo de delegación), muchas cosas cambiarían. También ofreciendo la cercanía del profesor a través de la tutoría, y provocando la interacción entre los estudiantes para ganar el capital social anteriormente citado. Aquí queda mucho por recorrer para cubrir ese gap de polarización del “mercado de estudiantes universitarios“.
  • Cambio de los modelos de negocio: en cierto modo ligado al punto anterior, la forma de trasladar valor a los estudiantes, al mercado, ha cambiado. No solo ya en el sector de la educación, tal y como señalábamos anteriormente. En este estudio elaborado entre la Harvard Business Review y Deloitte, estudiando 40 años de datos financieros de las 500 empresas del índice S&P500, llegaron a la conclusión que existen básicamente cuatro modelos de negocio: 1) Venta de objetos físicos a través de una gran estructura de activos fijos (automoción, retail, buzoneo, etc.); 2) Proveedores de servicio que tienen mucho talento para facturar horas de trabajo con cierto componente intelectual; 3) Fabricantes de tecnología como Microsoft u Oracle; 4) Operadores en red, donde los participantes interacción y comparten en la creación de valor de este modelo de negocio.
    Pues bien, estos últimos, son los que se están llevando al gato al agua. Pueden ser compañías que vendan productos o servicios, construyan relaciones, compartan recomendaciones, colaboren, co-creen/desarrollen, etc. Ejemplos como Über, Tripadvisor, Alibaba, eBay, Amazon, Facebook o LinkedIn, etc. están aquí. Estos últimos son, en términos de creación de valor (medido a través del multiplicador PER –Precio-To-Revenue ratio o veces que la cotización bursátil recoge el beneficio de la compañía-) los mejor posicionados. Aquí convendría citar a Jeremy Rifkin y su The Zero Marginal Cost Society para entender que esta era digital ha alterado sustantivamente la estructura de costes y los modelos de negocio/creación de valor. Y esto todavía las universidades no lo han asumido bien, porque todavía no ha habido una transformación digital seria y en condiciones. Veremos cada vez más modelos naciendo alrededor de esta generación de valor en red, y su captura por parte del mercado, que se convertirá en grandes volúmenes de crecimiento de negocio. ¿Quién será el primero?
Multiplicador PER en función de los cuatro modelos de negocio (Fuente: https://hbr.org/resources/images/article_assets/2014/11/networkorchestrators1-300x282.png)
Multiplicador PER en función de los cuatro modelos de negocio (Fuente: https://hbr.org/resources/images/article_assets/2014/11/networkorchestrators1-300×282.png)

Hasta el momento, en el artículo, solo he hecho un diagnóstico de lo que una universidad es aún hoy en día. Pero hemos dicho que vamos a hacer un poco de futurología. No solo ya para el cambio de los modelos de negocio y la transformación digital de las universidades. Y para ello, me voy a apoyar en la visión de Mike Fishbein, fundador de Startup College, que, con una visión ciertamente anglosajona de la educación, prevé que las universidades harán una “integración vertical hacia delante“, incorporando en su cadena de valor también los servicios de colocación final del estudiante.

Con esto, en cierto modo, terminaríamos con varios de los problemas de la universidad. Aparecerían otros, claro está (especialmente, de pérdida de identidad y responsabilidad social que tanto he repetido tanto en éste como en el anterior artículo). Este enfoque evitaría alguna falta de incentivos que tienen ahora mismo las universidades para “cuidar su producto”. A sabiendas que siguen conservando el “monopolio de la emisión de títulos”, saben que tienen un mercado cautivo. Pero, ya alerté en el post anterior que esto podría algún día terminarse.

Ahora mismo, las universidades y las empresas están desconectadas. Más allá de intentos a través de “proyectos de colaboración” (concepto ambiguo donde los halla), poco más. Como no hay un modelo de atribución claro, las universidades están tranquilas. Siempre se podrán atribuir el éxito de un estudiante, dado que poco más evidente hay para atribuir el perfil de un estudiante.

Sin embargo, si incorporasen también la parte de inserción laboral, tengo la sensación que las universidades nos pondríamos un poco nerviosas. Asumiríamos una responsabilidad bastante importante. Y creo que, en consecuencia, desarrollaríamos capacidades para graduar a los profesionales en consecuencia. El éxito actual de iniciativas como las “coding schools” o los “bootcamps” creo que va un poco en esta línea. Formación altamente especializada, con mayor susceptibilidad para incrementar las oportunidades de encontrar trabajo posteriormente. McKinsey hablaba de esto recientemente; cómo en la educación y la intermediación laboral se pudiera aprovechar estos efectos de red.

Son muchas las reflexiones que debe afrontar una universidad y la educación superior. Pero no podemos esperar a varias de ellas. El enfoque triple de “Responsabilidad Social”, “Oferta” y “Demanda” debemos mezclarlo bien. Los cambios en la generación de valor con los modelos online y los operadores en red están ahí y han venido para quedarse. Y la integración vertical hacia delante de la intermediación laboral me da la sensación que cada vez será más demandada. Tenemos que movernos, transformarnos y adentrarnos en esta era.

Sobre Linkedin y el futuro de la educación superior

Reid Hoffman, cofundador de Linkedin, escribió en 2013 un artículo titulado “Disrupting the diploma“. Desde que lo leí en su día, hasta hoy, no he dejado de pensar en ese tema. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero poco a poco, y según voy viendo más cosas, lo que pensé en su día va conformándose, por lo que he pensado escribirlo en el blog.

La idea central que trasladaba era que los estudiantes ya no solo iban a querer ir a las universidades para obtener un diploma (un “título” en nuestra terminología). Nos invitaba a las universidades a cambiar en cierto modo, y ofrecer más valor que ese (el “monopolio de la emisión de títulos“). Esto que llevamos las universidades haciendo tantos años, se debe, especialmente, a que hasta la fecha, no había alternativas. La mejor manera de asegurarte un futuro laboral, a sabiendas que la gran mayoría de empresas valoran el título universitario por encima de todo, era éste. Algunas -como Ernst&Young- empiezan a dejar de exigirlo, conscientes que esto puede estar cambiando, y esto es lo que quiero trasladar con este artículo.

Vaya por delante mi total defensa del rol de una universidad en la sociedad. El desarrollar a los profesionales del mañana, contribuir al conocimiento y desarrollo científico, así como fomentar unas habilidades básicas junto la visión humanística, para mí, son tareas que las universidades pueden desempeñar mejor que cualquier otra entidad. Llevo escribiendo sobre ello desde hace años. Ya en 2011, decía esto:

Pero no fue hasta entrado el Siglo XX que se acabó de definir el modelo de universidad en el que estudiamos hoy en día. Flexner tuvo mucha influencia en el modelo de la universidad moderna, ya que vislumbró esta institución como la que iba a permitir unir investigación en ciencias, enseñanza y entrenamiento de alto nivel, trabajo conjunto de graduados con profesores y el compromiso con el descubrimiento intelectual. Así, los estados impulsaron un nuevo modelo de universidad (investigación más enseñanza de “profesiones”) con conceptos modernos de profesión como una formación de alto nivel y compromiso ético con la sociedad.

Sin embargo, el modelo universitario también está teniendo su crisis. No tanto en valores (que yo creo que seguimos viéndonos desde dentro con el mismo rol), pero sí nos estamos viendo sometidos a presiones por supuestos “competidores” que además de hacer daño al rol de la universidad, también hacen en cierto modo daño a los estudiantes. Yo, que para dos másteres soy el encargado de entrevistar a los interesados, lo percibo en primera persona cuando alguien compara alguno de nuestros títulos con supuestas enseñanzas parecidas.

Volvamos a LinkedIn para explicar la idea que trato de trasladar. LinkedIn ha comprado este año lynda.com, una plataforma de formación online que pone de relieve de nuevo lo que comentaba: LinkedIn ve cada vez más cerca su valor en lo que a ser la plataforma de intermediación entre estudios y oportunidades profesionales se refiere. Y esta es una de los vectores de fuerza que estamos perdiendo las universidades: empezamos a perder esa garantía para el empleo, que pese a no ser nuestra función principal, las sociedades nos han ido posicionando ahí.

Lo que en cierto modo dice la noticia de Ernst&Young de dejar de fijarse en graduados universitarios como garantía de selección de candidatos es que el output de una formación, sea cual sea esta, son las competencias y los resultados de aprendizaje. Es decir, la concreción de lo estudiado es esto; qué competencias se han adquirido y cuáles son los resultados de aprendizaje. Las universidades quizás sí que definamos bien esto, pero lo que no hacemos es luego ponerlo en valor. Quizás porque no tengamos en nuestra “cadena de valor” la inserción laboral metida.

Además, otro problema es que en este “mercado” hay mucha heterogeneidad en términos de competencias. Cada universidad fija su modelo de competencias y las asocia a los diferentes títulos. Esto no debe por qué ser lo que luego las empresas demandan. Y de esto se han empezado a dar cuenta en países como EEUU, donde la formación en plataformas de reconocimiento de competencias y certificados de cursos especializados es cada vez mayor.

Y aquí es donde vislumbro un próximo cambia importante; el perfil del estudiante se abrirá, se nutrirá de las competencias adquiridas en muchos sitios. Es donde precisamente LinkedIn ha visto su hueco. En situarse como un mercado online de intermediación laboral donde lo que se ofrece y se compra son competencias. No es de extrañar así que cuando LinkedIn compró bright.com en Febrero del 2014, buscase una plataforma de empleo con mucha experiencia de usuario e intensiva en datos para disponer de algoritmos de emparejamiento “candidato” a “competencias demandadas” muy eficiente. Con esto, ahora LinkedIn, podía ya ofrecernos puestos de trabajo interesantes para nuestro perfil competencial, hacer lo inverso con las empresas, sugerirnos estudios para cubrir “gaps” para perfiles como el nuestro y que así pudiéramos seguir progresando profesionalmente, etc. Quizás por eso veréis en vuestro perfil de LinkedIn paneles como éste que me acaba de mostrar a mí:

Sugerencias de estudios y eventos para mi perfil en Linkedin
Sugerencias de estudios y eventos para mi perfil en Linkedin

Un mercado online en la misma línea de otras plataformas de intermediación como Über, Amazon, AirBnB o Facebook: empresas sin activos cuyo valor es la intermediación y el posicionamiento, lo que cuando se alcanzan grandes volúmenes de usuarios se dispondrá de un poder de influencia muy alto. No es de extrañar así que Hoffman, haya donado 1 millón de dólares a Obama desde 2008. Tiene todo el sentido del mundo. LinkedIn hoy en día, como otras grandes plataformas de contenidos, cumple el rol que en el Siglo XIX cumplían las fábricas yen el XX los medios de comunicación: llegar a grandes audiencias. Y esto, obviamente, tiene beneficios para LinkedIn, claro, que, entiendo no hay que explicar.

En todo esto, y como suelo siempre señalar la importancia de no olvidar aspectos relacionados con la seguridad y privacidad, no hay que dejar de lado preguntas como: ¿y entonces el perfil competencial ahora está en LinkedIn? Por lo tanto, ¿es de la plataforma y no mío? Aquí veo un riesgo claro. Debiera ser del estudiante, incluso expresado en un formato estándar y abierto, de manera que pudiera llevármelo eventualmente a futuro a otra plataforma. Ahora mismo todavía no existe este estándar, pero con tanta donación por medio, es difícil que algún gobierno se dé cuenta del poder que puede llegar a tener LinkedIn de “bloquear” el perfil competencial de los candidatos en su plataforma.

A todo esto, ¿cómo podemos reaccionar las universidades? Sin olvidar, repito, que nuestra misión no es solo formar los mejores profesionales sobre la base de las necesidades de la industria y las organizaciones (como hoy señala mi compañero y decano de la Deusto Business School Guillermo Dorronsoro en su blog, no olvidemos la dimensión Humanitas). Pero cambios en la educación superior se van a producir.

Y el gran problema es lo que algunos autores ya han llamado el “great unbundling” de las universidades: es decir, que deberemos cambiar nuestro modelo de propuesta de valor de “paquete único”, en el que a cambio de una matrícula que cobramos por adelantado y/o periodificada, los estudiantes “adquieren” servicios que no quieren comprar (servicios de internacionalización -aunque nunca los usen-, servicios de biblioteca -aunque no vayan-, servicios deportivos -aunque no participen-, etc.). Es decir, podríamos pasar a un modelo “no-frills” como el que sufrieron las aerolíneas con Ryan Air o el sector de la música con iTunes.

Modelo
Modelo “no-frills” de RyanAir (Fuente: http://startups.co.uk/6-no-frills-rules-that-made-ryanairs-business-fly/)

En el siguiente artículo hablaré sobre cómo veo todo esto en las universidades y la educación superior, y cómo podríamos afrontarlo.