Economistas en empresas tecnológicas

Hal Varian es un economista especializado en microeconomía y economía de la información. Profesor emérito por la Universidad de California – Berkeley, es el actual “Chief Economist” de Google. Entre las múltiples cuestiones que nos dejará para la historia, destacan dos libros: Information Rules: A Strategic Guide to the Network EconomyThe Economics of Information Technology: An Introduction. Ya pueden imaginar, con esta introducción, que su figura es muy familiar en este blog: el cruce entre la economía y la tecnología en esta nueva era de la economía digital.

Actualmente tinee 69 años. Y fue uno de los pioneros en lo que a la incorporación de economistas en empresas tecnológicas se refiere. Y esto, que hace unos años era prácticamente anecdótico, parece ser actualmente, a tenor de lo que se cuenta en este artículo de New York Times en no solo una tendencia, sino también en una gran salida para los economistas.

Los economistas en las empresas tecnológicas (Fuente: http://www.nytimes.com/2016/09/04/technology/goodbye-ivory-tower-hello-silicon-valley-candy-store.html)
Los economistas en las empresas tecnológicas (Fuente: http://www.nytimes.com/2016/09/04/technology/goodbye-ivory-tower-hello-silicon-valley-candy-store.html)

Hal Varian se incorporó en Google en 2002. Al comienzo, a media jornada. ¿Se imaginan lo que sería una media jornada de un profesor universitario de España en una empresa tecnológica? Para mí, un valor añadido para la formación universitaria altísima. Esta media jornada le duró poco. Enseguida, el valor que aportaba a Google era tan alto, que se incorporó a tiempo completo. Ayudó a Google en uno de sus principales hitos: el mercado de Google AdWords, que permitió a anunciantes incorporar su anuncio sobre la base de las keywords que la gente buscaba.

Google pretendía evitar que el que tuviera más dinero fuera el primero en aparecer. Quería un sistema más meritocrático. Buscaba un sistema de relevancia acorde a la supuesta búsqueda que estaba haciendo el usuario. De esta manera, el anuncio no sería interpretado como tal; sería interpretado por el usuario como otro más. Un ejemplo de libro de “mercado inteligente”. Desde entonces, Varian montó un equipo, y empezó a incorporar estas lógicas económicas a muchos otros productos de Google. Pero también, ayudó en la inteligente salida a bolsa de Google en 2004, las pujas por espectro WiFi, la puja por patentes e incluso por nuevos modelos de negocio.

De ahí lo de “Chief Economist en una empresa tecnológica“. Básicamente, incorporar visiones económicas en empresas que están transformando industrias, y que tienen que inventar nuevas lógicas que permitan construir modelos económicos sobre los nuevos esquemas de generación de valor que introduce la economía digital. Llevo un tiempo pensando en esta misma idea. Especialmente en la idea de lo mucho que puede aportar el análisis de datos masivos a la mejora de muchos algoritmos y al mundo del software en general. Todo ello, derivado del creciente número de estudiantes de economía y profesionales del ámbito económico que tenemos en nuestro Programa de Big Data y Business Intelligence.

En la actualidad, empresas tecnológicas como Amazon, AirBnB, Netflix, Facebook, Uber o Microsoft, se pelean por los doctorados en economía que se han especializado en este área de la microeconomía: entender bien lo que es la economía digital y los nuevos esquemas de generación de valor en los que también hay que incorporar esa dimensión económica que ellos tienen. En proyectos como los que emprende Randall Lewis en Netflix con sus estudios para determinar la correlación o causa de los anuncios en el comportamiento del usuario en la plataforma de distribución de contenidos (su blog se llama “Economics & Big Data” y en Linkedin dice que ocupa el cargo de “Causal Economics” en Netflix) o Peter Coles en AirBnB que hace investigaciones en su plataforma de huéspedes e invitados para encontrar relaciones ocultas que permita entender el comportamiento del consumidor (en Linkedin dice que es el “Head Economist” de AirBnB y suele escribir sobre nuevos sistemas de pricing en revistas como Harvard Business Review).

Un economista con este tipo de perfil en el mundo académico americano tiene un salario de entre 125.000 y 150.000 dólares. En las empresas tecnológicas, su salario está ya en los 200.000 dólares. Con el esquema de bonus y acciones que suelen tener, enseguida esos salarios suben considerablemente. Por si os lo estáis preguntando. ¿Y qué perfil es éste? Un perfil experto en su dominio (microeconomía especialmente), pero que maneja datos con facilidad, herramientas de computación y es capaz de construir soluciones de análisis de datos a través de algoritmos de machine learning. Por lo tanto, no se trata solo de entender la lógica de los mercados digitales, sino también de manejar las nuevas capacidades que traen las capacidades de cómputo actuales y los lenguajes de programación que permiten sacar provecho de los mismos.

Las universidades americanas ya han empezado a reaccionar a esta tendencia. En Yale, este otoño, se oferta el curso “Designing the Digital Economy“, que mezcla la informática y la economía para ofrecer esta mirada que los economistas aportan a las empresas tecnológicas. Quizás, algún día, veamos todo esto en España.

De momento, en nuestro Programa de Big Data y Business Intelligence, lo estamos viendo. Y mucho además. Y las clases, quedan súper enriquecidas también para el profesor (en primera persona lo cuento). Los economistas tienen mucho que aportarnos en las empresas que aprovechan el valor creado en esta era digital.

Tecnología al servicio de la sociedad: una nueva mirada

La complejidad y la interconexión del mundo que estamos viviendo en estos primeros años del Siglo XXI es del tal magnitud, que los retos sociales que tenemos son realmente grandes. El cambio climático (qué bien que la capa de ozono comience a mostrar una tendencia de mejora), el agotamiento de los recursos naturales, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de las desigualdades intrapaís y su reducción interpaís (con los problemas sociales y de inmigración que eso genera), una corrupción moral y política imparable, la crisis de los refugiados en nuestra vieja Europa, el agotamiento del agua (con países que se han quedado incluso sin reservas, etc.), etc.

Titulaba este artículo “Tecnología al servicio de la sociedad“, queriendo hacer un guiño a una nueva mirada que deberíamos adoptar los que tenemos la fortuna de trabajar diseñando y construyendo soluciones basadas en tecnología. Estamos hablando de una era en la que el crecimiento exponencial y acelerado del progreso tecnológico, nos está dotando de unas herramientas que nunca antes habíamos tenido.

Y me acordaba de escribir esta breve reflexión, tras una conversación que mantuve el otro día en mi despacho con un estudiante que se va a trabajar este verano a un campamento a Etiopía. Una experiencia, por lo que ya pasé hace 5 años, y que me hizo crecer en muchas dimensiones de la vida.

Hablábamos sobre proyectos que él podría emprender allí, aprovechando su riqueza intelectual y tecnológica al máximo. Y, poniendo, la tecnología al servicio de la sociedad. Esta es la fortuna de trabajar en una universidad con los valores y misión que tiene la Universidad de Deusto. Y más si lo haces en la facultad de ingeniería, donde ponemos la sociedad como fin último de mejora.

Y es que en cierto modo vivimos en una paradoja: una capacidad tecnológica sin precedentes, frente a un volumen de problemas sociales (al menos de los que la civilización haya sido consciente) realmente grande. Los emprendedores, además, como grandes agentes del cambio. Elon Musk, emprendedor como la copa de un pino, llena su discurso de la crisis energética que vivimos, e incluso crea empresas con objeto de convertirse en públicas para que los algoritmos de Inteligencia Artificial sean de escrutinio público y los robots no lleguen a dominar a los humanos (su proyecto OpenAI).

El gran Schumpeter, ya adelantó esta posibilidad que fueran los emprendedores los que trajeran el mayor vector de cambio frente a empresas y gobiernos. Y eso es lo que estamos viviendo hoy en día, una posibilidad que algunos han llegado a bautizar como la descentralización de la economía. Una descentralización de activos y actividades de nuestra actividad del día, que está especialmente alineada con la tecnología. Miren:

  • Comunicaciones descentralizadas: Internet en sí mismo. Sin esa descentralización, la wikipedia, o conceptos como “Open Data” u “Open Science”, nunca hubieran sido posibles.
  • Fabricación descentralizada: nuestro Fab Lab, por ejemplo, como centros de producción distribuidos que encima se amparan en paradigmas de cero residuos y economías circulares.
  • Producción energética descentralizada: salvo por la locura regulatoria de España, esto ya es posible a nivel tecnológico. Microgeneradores de energía eólica o solar, como concepto de relevancia de cómo servirnos a nosotros mismos, sin intermediarios.
  • Cadenas de alimentación descentralizadas: la hidroponia en entornos urbanos (sin grandes cadenas de distribución que traiga salmón de Chile a Bilbao) o granjas orgánicas que aprovechan espacios sobrantes, me parecen conceptos de cómo repensar esa lógica del bajo coste de producción, pero con gran intermediación (que genera contaminación, y emprobece al débil de la cadena… el agricultor).
  • Finanzas descentralizadas: conceptos como el crowdlending o crowdfunding, que descentralizan la captación de capital, y que permite a un emprendedor conseguir aliados en múltiples lugares. Por otro lado, la revolución fintech, que rompe el concepto de banco central que intermedia en todo.
crowdlending
Fuente: https://andresmacario.com/el-crowdlending-como-alternativa-de-inversion-y-crecimiento/
  • Trabajo descentralizado: plataformas que permite localizar talento en cualquier lugar, y a autónomos, romper su barrera geográfica. La ruptura del trabajo asalariado, la gig economy o colectivos como Enspiral pudieran ser la norma.
  • Organizaciones descentralizadas: la economía digital descenralizada, y con una infraestructura por pares como Blockchain, permite el intercambio de valor sin intermediarios. Hablamos de Blockchain, que algunos ya han bautizado como la tecnología más disruptiva desde que apareció Internet.
  • etc.

Vistas estas pruebas, algunos ya empezamos a soñar y vislumbra una nueva era. Una nueva mirada, en la que la “tecnología al servicio de la sociedad” es el paradigma reinante. Arquitecturas descentralizadas y tecnologías abiertas (en su sentido de servidas a la sociedad para su uso abierto), que permitiera una innovación abierta que nos llevara a una sociedad más humana y sostenible que la que tenemos ahora mismo. Se desintermedia la cadena, desaparecen muchos intermediarios, que son en muchas de ellas el problema.

Creo que lo que nos falta para hacer de este sueño una realidad, es un cambio de enfoque. Una nueva mirada. Solo será posible si construimos soluciones tecnológicas de otra manera. Es por ello que me gusta tanto el concepto de open by-design. Pensar “a posteriori” cómo arreglar las cosas trae muchos problemas. Es mejor el pensamiento “a priori”, en el que pensamos cómo diseñar las soluciones teniendo en la cabeza la explotación final.

Y para que esto sea así, tenemos que tener en la cabeza, cuando construimos soluciones:

  • La cadena de valor completa de la tecnología. Por eso el concepto de “economía circular” me gusta tanto. Construir soluciones sin saber dónde acabarán los materiales, o pensar en Uber o AirBnB como plataformas de referencia sin entender las conscuencias que tiene en nuestro estado del bienestar, me parece preocupante.
  • Incentivar, quizás con dinero, y sin mucha política industrial, las startups que se centren en problemas sociales. Esa lógica de rondas de financiación pensando meramente en el retorno económico, me parece muy preocupante. Y que así, nos lleva a una creación de startups que simplemente priorizan el ROI.
  • Construcción de ecosistemas. Donde interaccionan inversores, locales, emprendedores, las universidades, etc. de manera constante. Esos ecosistemas, no, no solo son Silicon Valleys. Hay vida más allá. Ecosistemas alrededor de la innovación social, la tecnología al servicio de la sociedad (Fintech o Insurtech, por ejemplo), son otros ejemplos, más sectorizados, y con más propensión a servir a la sociedad.

Como ven, retos tenemos muchos. Pero, capacidades tecnológicas, más aún. Es la hora de poner la tecnología al servicio de la sociedad y pensar en nuestro futuro.

Plataformas (supuestamente) colaborativas: algunos “pero”

Quizás hayan visto en alguna ocasión una imagen como la siguiente:

Fuente: https://www.linkedin.com/pulse/things-which-i-learned-from-uber-facebook-alibaba-airbnb-tushar-goyal
Fuente: https://www.linkedin.com/pulse/things-which-i-learned-from-uber-facebook-alibaba-airbnb-tushar-goyal

Simplificando lo simplificable, Uber, Facebook, Alibaba y AirBnB, los estandartes de esta mal denominada “economía colaborativa” (de lo que ya hablé aquí, aquí y aquí), son “páginas web“/”plataformas tecnológicas” cuyo valor no radica en disponer como “producto” lo que se dedican a vender, sino a facilitar todos los medios para que otros lo hagan. Por lo tanto, como proyecto tecnológico y comercial, creo que su valor está fuera de toda duda. Pero donde me surgen más dudas es sobre el supuesto componente “colaborativo”, en un sentido más “social” y de “beneficio compartido”. Por ello quería trasladar algunas nuevas reflexiones, ahora que Uber ha vuelto a España.

¿Qué características tienen estos proyectos?

  • Propuesta de valor: plataformas de gestión web de los flujos de transacción. Es decir, conectar a la “oferta” y a la “demanda” a través de tecnologías que lo ponen muy fácil, sencillo y rápido (aplicaciones móviles, especialmente).
  • Externalización de los “costes de producción”: ¿costes? prácticamente nulos, quitando los tecnológicos y comerciales, como decía antes. Es más, ni siquiera conciben la idea de “relación laboral” como tal.
  • Replicar el modelo de negocio todo lo que se pueda y más: estar en tantos países como puedan, dado que así pueden amortizar mejor los costes fijos de su inversión tecnológica y comercial.
  • Grandes campañas de marketing: al marketing tradicional y online, le suman novedades en la materia como los influenciadores y demás. No hay más que ver el vídeo de Enrique Dans ahora con la vuelta de Uber.

¿A cambio qué recibe el usuario? Un ahorro grande o pequeño, en función de lo que pague. Si paga con datos (Facebook o Uber), se paga menos. Si paga servicios no directamente comparables al producto que se obtiene con otras alternativas (un hotel o producto comprado en una tienda), pues les saldrá algo más barato por mera contabilidad de costes.

Pero, estas iniciativas, a mí me suscitan algunos “pero” a nivel de macroeconomía o de estado (“lo público”) que quería compartir con todos ustedes:

  • A nivel de Seguridad Social y el Estado del Bienestar: este artículo de The Economist, tratando sobre un tema completamente diferente, alertaba sobre el papel que deben asumir los estados a la hora de fomentar o “frenar” determinadas iniciativas. En este caso, me surge la duda del papel que debiera jugar un estado o sus órganos competentes (Seguridad Social, quizás) a la hora de fomentar un modelo en el que las relaciones laborales cambian por completo, y quizás, incluso se precarizan (esto es mera especulación aún).
    ¿Qué pasa con el sistema de pensiones contributivo que tenemos en los modelos del Estado de Bienestar del sur de Europa? Porque no es lo mismo que Uber funcione bien en EEUU o Reino Unido (donde todos sabemos cómo son sus estados del bienestar) a que lo haga en España, donde compartimos ahorro para que haya cierta solidaridad entre generaciones. Pudieran provocar “choques demográficos” que debiéramos prever al menos. Por ello es tan peligroso comparar soluciones tecnológicas de EEUU con el mismo modelo en España.
  • A nivel de Hacienda e impuestos: nuestros impuestos nos permiten construir carreteras, disponer de un formidable sistema de salud, una educación bastante igualitaria, etc. ¿Este tipo de relaciones laborales y modelos empresariales guardan afinidad con esta línea social que  nuestro sistema fiscal propone? ¿Dónde tributarán esas empresas? ¿En concepto de qué lo harán? Yo no tengo toda la información para dar respuesta a ello.
  • A nivel de garantía la calidad: en estas plataformas, a diferencia de un sistema en el que el estado regula “la calidad” (con licencias, normativas, etc.), son los propios usuarios de Internet los que legitiman la calidad de un servicio. Los reviews y ratings de un usuario, se convierten así en su reputación, legitimida socialmente a través de un gran grupo de usuarios como son los consumidores de estos servicios en Internet. Ya hablé sobre esto de la influencia social recientemente. Esto no tiene por qué ser “bueno” o “malo”, sino que tiene sus costes y beneficios. Todo cambia. Cuando pase algo-que el azar es así, algo pasará-, veremos como y quién se responsabiliza. Esta “externalización y democratización” de la responsabilidad, también me genera algunas dudas.
  • A nivel de discriminaciones positivas y negativas: ¿qué opina la Comisión Nacional de la Competencia sobre posibles de discriminación? Es decir, un hotel debe adaptarse para todas las normativas en materia de accesibilidad, universalidad, etc., pero ya ha habido varios casos en los que estas plataformas no han sido igual de considerados en todo ello. ¿Qué pasa con las discriminaciones? ¿Se puede “codificar” en un algoritmo estas decisiones con tanto componente “social”? Me vuelve a generar muchas dudas.
  • A nivel de “pricing”: entramos en un modelo de “libre mercado” total. Los precios, así, se entiende que tenderán a bajar. Pero, ¿es esto bueno? Como han podido ver, hay otras cuestiones que “se pierden”, que ahora mismo los precios sí recogen. Romper las reglas de juego tanto puede ser “bueno o malo”, dependiendo desde la óptica de la que se mire.

Como decía el título de este artículo “Plataformas (supuestamente) colaborativas: algunos “pero“. Como ven, muchas interrogantes que se abren con esa perspectiva más pública o “ciudadana”, que creo, debemos tener en consideración, más allá del precio y la facilidad de uso de una app.

La economía colaborativa y la captura y oferta de valor: modelos de relación laboral y derechos del consumidor

(continuación y fin de la serie iniciada aquí y seguida aquí)

Hace poco Jeremy Rifkin decía que la salvación al modelo de economía capitalista de los últimos siglos está en la economía colaborativa. La economía basada en recursos compartidos nos ofrece, supuestamos, un nivel de eficiencia nuevo, hacer más con menos, generando abundancias absolutas en lo intangible (conocimiento, diseño, contenidos, etc.). Con esto de las plataformas de intermediación y en red algunos empiezan a hablar de un capitalismo de plataforma. Es decir, una transformación en la manera de producir, compartir y proporcionar bienes y servicios. En el modelo tradicional, las empresas compiten por atraer el aconsumidor. En el nuevo modelo de economía colaborativa, aparentemente más horizontal y participativo, los consumidores se relacionan entre sí. Esto es lo que hemos venido a conocer como las relaciones P2P.

Esto, obviamente, cambia la forma de producción y distribución de valor, cambiando la manera en la que hacemos transacciones de intercambio. Ahora aparece un componente social, en el que las personas compartimos (supuestamente), apareciendo (supuestamente) otros valores (como es el de la reciprocidad social). Pero esto, cuando entra la economía de mercado, se rompe.

Este inercambio social que representa la economía colaborativa supone la introducción de un nuevo agente en la cadena de relación social habitual; una empresa que hace de intermediaria. Así, el intercambio social, se convierte en un intercambio económico, haciendo que prime el valor utiliario en lugar de el aspecto social. Ya hay investigaciones que demuestran esto. Cuando la gente “alquila” un espacio de su coche en Über o su casa en AirBnB no considera que tenga que haber una obligación recíproca de hacerlo (que sí aparece cuando el intercambio es “social”). Es decir, AirBnB no es CouchSurfing. El propio Uber lo dice “Better, faster and cheaper than a taxi“. Esas son sus ventajas competitivas relacionados con aspectos de mercado. Y ahí es donde AirBnB creo que se equivoca, cuando dice lo de “people, places, love and community” (a esto es lo que me refieron con utiliza esto de lo “economía colaborativa” como instrumento de marketing).

De hecho plataformas como AirBnB o Über, actúan como miles de tanteadores Walrasianos actualmente localmente en tiempo y en espacio, lo cual lleva a discriminar de manera perfecta los precios, y llegar a puntos de equilibrio de mercado perfecto. Una competencia en el mercado eficiente, en definitiva. Por lo tanto, se introduce la variable precio como elemento crítico en la decisión de la compra de un usuario (lo que decíamos de valores utilitaristas).

Además, como la economía de escala y la generación de valor se alcanza a mayor número de usuarios, la ventaja competitiva es el número de usuarios. De ahí que el marketing digital y la fidelización esté a la orden del día en todos los presupuestos de estas plataformas. Las organizaciones que nacieron en la era de los smart phones crecieron en usuarios en el periodo 2008-2012 dos veces más rápido que aquellas que lo hicieron en la era de las redes sociales (2003-2008). Además, las organizaciones con una estructura de plataforma (integran o producen activos distribuidos) crecen con el doble de aceleración que las que tienen estructura de servicios (activos centralizados). Por lo tanto, hablar en este artículo de los cambios que han sufrido los consumidores y los trabajadores (es decir, los usuarios de estas plataformas) se torna fundamental para terminar esta serie de artículos.

Derechos del consumidor

Estas organizaciones representan ciertos desafíos desde el punto de vista de los derechos del consumidor. En lugar de respetar un código riguroso que circunscriba los derechos de los consumidores y las obligaciones del proveedor del servicio, se confía en la “reputación del proveedor”; como todos opinaremos mal de aquel que se porte mal, se piensa que el proveedor de un trayecto de taxi se portará bien. Es lo que podríamos denominar una economía dominada por la reputación social, en lugar de una institución que se encargue de vigilar su buen comportamiento. Un “libre mercado” propio del mismísimo Hayek.

Sin embargo, esto ahora mismo está lejos de conseguirse. Ya hay varios casos que exponen los problemas que este modelo representa. Conductores de Über que descriminan con frecuencia a los discapacitados, negándose a colocar su silla en el maletero del coche. Dado que Uber se describe como la plataforma tecnológica, no como una empresa de transporte (algo parecido a la demanda interpuesta contra BlaBlaCar), estas cosas pueden pasar. Los vacíos legales, ahora mismo, son explotados para estas plataformas, en su dimensión más utiltarista.

Como decíamos en el artículo anterior, la contabilidad de estas empresas es muy ligera; Über no tiene conductores en nómina y AirBnB no tiene un conjunto de propiedades. Son plataformas que aprovechan el efecto en red que produce gestionar un servicio cuyo valor aumenta con el número de personas que lo utiliza. Y esto se está convirtiendo en monopolios que hace difícil proteger los derechos del consumidor.

Una buena manera de proteger más a los consumidores sería que pudieran abrirse a otras de la competencia. Pero, claro, las barreras de entrada en esta “economía de plataformas” es importante; parece que no (por el discurso típico de “la agilidad y dinamismo de Internet”), pero hay tres elementos que críticos aquí: datos, algoritmos y servidores. Estas plataformas juegan con formatos cerrados, propios suyo, haciendo que sea difícil para un consumidor irse de un proveedor de plataforma a otro. Una buena forma de evitar estos monopolios sería evitar que se apropien de ello. Estaría bien que pudiéramos trasladar nuestra reputación, historial de uso y mapa de conexiones sociales a otras plataformas.

Está, además, hace que las empresas industriales necesiten reinventarse. Cada coche compartido sustituye a diez coches en propiedad. Esto es un descenso de la demanda enorme. Sumémosle a esto además la fabricación 3D (cuyo precio se ha reducido en un orden de 1 a 400 en los últimos siete años); piezas a medida al instante. Metámosle además el Internet de las Cosas, con capacidades de diagnosticar su situación, autoprogramarse y mejorar sus prestacionales funcionales y estéticas. Los robots industriales cuestan 1/23 lo que solían hacerlo, los drones 1/143 y la secuenciación del genoma 1/10.000. Nos espera una fascinante nueva era.

Derechos de los trabajadores

Que esta última revolución tecnológica (la digital) esté supuestamente trayendo desempleo (algo de lo que ya hablé aquí) es algo que frecuentemente se cita. Como suele serñalar McAfee, del MIT, tradicionalmente las revoluciones tecnológicas han traído más trabajo; hasta esta, en el que como estamos construyendo sustitutos a nuestro principal valor diferencial (el cebrero, frente a la mera automatización habitual), esta lógica pudiera estar cambiando.

En el caso de las plataformas e esta economía colaborativa, donde actúan unas plataformas intermedias como agentes de mercado, se puede decir que crean más trabajo del que destruyen. Lo que pasa que crean un trabajo diferente al habitual. En este mercado se encuentran tres agentes: la compañía/plataforma de intermediación, los consumidores y los trabajadores a tiempo-completo (que es como vamos a denominar a los “trabajadores” de estas plataformas). Son estos últimos los más perjudicados, parece. Algunos ya hablan de un nuevo feudalismo digital; beneficios de unos pocos. Y por lo tanto, mayor desigualdad y más facilidad para la captura del regulador.

Hace unos años era la integración vertical la que traía ventajas competitivas. La mayor capacidad de llegada a todas las esquinas de la cadena de valor, te hacía ser más fuerte, y por lo tanto, más oportunidades frente al resto. Sin embargo, hoy en día, parece ser la agilidad la que se está imponiendo. Y esto, obviamente, tiene un fuerte impacto en las relaciones laborales. Se torna difícil que tengamos el mismo modelo de trabajo que hemos tenido hasta la fecha, donde entrábamos a trabajar a un sitio, y nos podíamos quedar ahí 40 años. No es así raro ver cómo las grandes fomentan unidades de emprendimiento e innovación de las que nutrirse de agilidad.

Esto es lo que Michael S. Malone y Yuri van Geest han bautizado como organizaciones exponenciales (en su libro “Exponential Organizations: Why New Organizations Are Ten Times Better, Faster, Cheaper Than Yours (and What to Do About It)“). Mientras que las organizaciones lineales se gestionan bajo un principio de escasez de recursos (de ahí modelos de gestión de optimización, minimización del consumo, modelos de economía circular, etc.), las organizaciones exponenciales se gestionan bajo principios de abundancia. Cuando el Hilton quiere abrir un nuevo local, tiene que construir el hotel, contratar personas, mantenimiento, etc. AirBnB, en contra, crece a una velocidad sustantivamente mayor porque no tiene escasez de recursos ni adquisición de los mismos que realizar. AirBnB ya tiene 1 millon de espacios que alquilar, y vale más de 20.000 millones de dólares, siendo ya “la cadena hotelera” de mayor valor bursátil del mundo. Esto es la escalabilidad en una era de la colaboración, de la abundancia.

Esta flexibilidad y ruptura de modelos organizativos, como decía, trae nuevos modelos de relación laboral. Personas que complementan su trabajo habitual con servicios de transporte y alojamiento en su hogar. Personas que ven como deben diversificar su actividad laboral, porque ya con un “trabajo” no basta. Las repercusiones que todo esto puede traer son muy grandes, tanto para cada ciudadano, como para la sociedad en agregado. Esto, por otro lado, genera también cambios en términos fiscales. El mercado de los taxis tradicional, genera impuestos en términos de renta (el IRPF en España), pero también con el impuesto al valor añadido (IVA en España) o el impuesto de ventas (en otros países). Pero, ¿y Über? Aquí es donde creo que debiera hacerse algo. Además, Über, como servicio no-frill, tampoco es lo mismo que un taxi; por ejemplo, no ofrece seguro.

Y con esto damos fin a esta serie en la que hemos introducido el término de la economía colaborativa, hemos hablado de cómo se están monetizando estas plataformas en red hoy en día, y finalmente, en este artículo, hemos hablado del derecho de los consumidores y de los trabajadores, y cómo éstos se ven impactados. Como veis, un nuevo modelo de creación de valor esto de la economía colaborativa. Y por lo tanto, un nuevo modelo de hacer las cosas que tiene impacto en muchos de los elementos que vemos hoy en día en las empresas.

La economía colaborativa y la captura y oferta de valor: modelo de negocio y contabilidad

(continuación del primer artículo, donde introducíamos la economía colaborativa)

Estamos asistiendo en la actualidad al auge de empresas digitales que, con unas reglas con ciertas diferencias en materia fiscal, laboral y regulatoria, dan respuesta a los nuevos hábitos de compra que tienen las nuevas generaciones de consunidores. Y es que las TIC en general han acelerado muchos comportamientos y actitudes, destacando entre ellos la economía colaborativa, como hablábamos en el artículo anterior.

Según PWC, para 2025, se espera disponer de un mercado de economía colaborativa de 335.000 millones de dólares (frente a los 26.000 que dispone en la actualidad). Un estudio de la consultora Nielsen sobre economía colaborativa, afirmaba que España es el 5º país de la Unión Europea con más potencial de crecimiento en esta materia. 5.000 plataformas activas y de un 53% de ciudadanos en España dispuestos a alquilar o compartir sus bienes. Un nuevo reto sociológico y de consumo que se ha de aprovechar. Los próximos 19, 20 y 21 de Noviembre se celebra en Barcelona el OuiShare Fest 2015, con el lema “La transformación colaborativa“, prueba del interés e importancia que está adquiriendo en España.

Y en esta evolución, veremos participar no solo a los sectores de alquiler tradicionales como en la actualidad (libros, habitaciones para dormir, vehículos para moverse, etc.), sino también modelos más disruptivos como las horas de trabajo, préstamos entre particulares, etc. La figura que abajo mostramos habla de todo ello.

La evolución de la economía colaborativa (Fuente: http://www.pwc.co.uk/)
La evolución de la economía colaborativa (Fuente: http://www.pwc.co.uk/)

Y es que AirBnB y Über son solo la punta de lanza de un sector mucho más amplio y de mucho más recorrido. Y es que la economía colaborativa crea un nuevo modelo de consumo, abriendo la puerta a explotar recursos propios (como hablamos en el artículo anterior), por lo que también abre la puerta a nuevos modelos de negocio. Y esto es precisamente lo que queremos tratar en este artículo.

Por resumir mucho lo resumible, la era digital lo que ha traído es un nuevo modelo de intermediación en las cadenas de valor que permite organizar de manera eficiente el intercambio de productos y servicios. Pero, lo hace de manera acelerada y optimizada; mayor audiencia, gestión eficiente de la logística (cobros y pagos incluidos), mayor confianza entre usuarios ante la posibilidad de evaluar los servicios y productos adquiridos, economías de escala, etc. Esto, en lo que a la economía colaborativa se refiere, genera dos principales modelos de “hacer negocio” a través de las plataformas digitales:

  • Plataformas que intermedian en el préstamo o intercambio entre particulares: estas plataformas, las podríamos clasificar en tres grandes grupos:
    • De producto a servicio (la servitización de la economía): lo que han hecho AirBnB o Über; de poseer habitaciones de hotel o taxis, a ofrecer un servicio de alojamiento o transporte con mi casa o vehículo personal.
    • Redistribución de bienes y servicios: lo que trajo hace ya muchos años eBay; un gran mercado donde cualquiera puede ser tanto comprador como vendedor. La democratización de los centros comerciales.
    • Intercambio de bienes y servicios sin intereses comerciales: los bancos de tiempo o plataformas como CouchSurfing que tanto gustan a las nuevas generaciones (que hace que sea difícil generarles valor como para que paguen).
  • Usuarios que se agrupan para lograr un objetivo común: grupos de consumidores que se juntan para conseguir un determinado producto o servicio a un precio más bajo. Aquí se incluyen desde plataformas de crowdfunding como Kickstarter a webs de compras colectivas como Groupon.

Con estas opciones en la mano, y con la cantidad de sectores que quedan todavía por someterse a la economía colaborativa, pueden ustedes imaginarse que las posibilidades son bastanta grandes. ¿Y por qué del éxito de estas plataformas digitales? Bueno, básicamente porque su operación en red genera un valor y una cantidad de externalidades que todavía no somos capaces de prever/entender. Es decir, son modelos tan extensibles y versátiles, que los inversores no paran de hacer hipótesis lo que podría llegar a hacerse con los cientos de millones de usuarios de Facebook, de Über o de Netflix. La posibilidad de tener esa gran red da un valor inimaginable.

Por lo tanto, estamos ante compañías como Amazon, Twitter o LinkedIn valen en bolsa mucho más que lo que dicen sus cuentas de resultados o sus balances. Una nueva realidad de valor de empresas que no tienen activos.

En términos de creación de valor (medido a través del multiplicador PER –Precio-To-Revenue ratio o veces que la cotización bursátil recoge el beneficio de la compañía-), son estas plataformas las mejor posicionadas. Y citábamos a Jeremy Rifkin y su The Zero Marginal Cost Society para entender que esta era digital ha alterado sustantivamente la estructura de costes y los modelos de negocio/creación de valor. Presento dos gráficas para exponer esto:

Rendimiento sobresaliente de las plataformas de intermediación en red de Internet (Fuente: https://hbr.org/resources/images/article_assets/2014/11/revenueandprofit1.png)
Rendimiento sobresaliente de las plataformas de intermediación en red de Internet (Fuente: https://hbr.org/resources/images/article_assets/2014/11/revenueandprofit1.png)

Esta falta de relación entre la contabilidad tradicional y el valor en bolsa está haciendo que no seamos pocos los que estemos reclamando cambios en los sistemas de contabilidad. La contabilidad no mide aun el valor de los activos digitales, de redes que “no se poseen” (en términos de propiedad en contabilidad) o de la capacidad de influencia y relación que tiene una plataforma digital (que, por cierto, muchas empresas ni siquiera son capaces de cuantitivizar, ignorando así la “economía de la influencia” de la que ya hablaremos en otro momento). Por lo tanto, nos faltan reglas para medir todos estos intangibles. Seguimos anclados en una lógica de lo concreto y tangible.

Sin embargo, incluso las propias organizaciones están cambiando. En el Siglo XX se planificaba a largo plazo con estructuras rígidas y poco ágiles. Esto hacía que para rentabilizar esta estructura y constitución, se debiera capturar todo el valor posible. Esta lógica quizás les sea familiar a muchos; dado que las empresas de hoy en día siguen siendo gestionadas y dirigidas por esta lógica. A los que somos “muy digitales” nos sorprende a veces que se nos argumenten decisiones desde esta óptica. Y es que conceibimos este Siglo XXI, de alta incertidumbre, como una “beta permanente”. Se prueban constantemente productos/servicios nuevos, y el camino bueno dependerá siempre de las respuestas que tus clientes aportan a tus nuevos proyectos. Por lo tanto, la capacidad de reacción, de agilidad, de prueba y fallo, es fundamental. Las empresas (sobre todo las digitales), no necesitan capturar todo su valor para subsistir; y es que tienen tantos efectos de red, que liberan parte de su valor sobre la red que operan, y no les importa. Fíjense en la diferencia. Y esto, a nivel contable debiera reflejarse. Sino, pasará como ahora, que su valor en bolsa es sustantivamente superior a lo que reflejan sus libros de contabilidad.

Dos reflexiones finales. En primer lugar, la legal. La economía colaborativa está generando debate porque cuestiona los modelos económicos establecidos. Como decíamos al comienzo, está claro que estas plataformas digitales tienen unas armas fiscales y regulatorias diferentes, lo que provoca que los lobbies tradicionales se sientan amenazados (ya sea el del taxi, el hotelero o cualquier otro). Aquí veremos mucho recorrido y muchos cambios. En segundo lugar, sectores que todavía son poco “colaborativos”. El financiero, por ejemplo. Funding Circle (préstamos entre particulares) me parece una iniciativa que marcará camino. Pero la relación laboral entre empresas y trabajadores también sufrirá cambios. De esto hablaremos en el siguiente artículo.

En definitiva, la economía colaborativa; un nuevo paradigma de relación comercial que cambia tanto los  modelos de negocio como la contabilidad y el reflejo de valor. Deberemos adaptar muchos elementos de medición y expresión de valor para reflejar bien esta era digital. De lo contrario, seguiremos sin claridad.